17 mar 2012

Silvia Luna


Silvia Luna, la mujer que ha dejado en coma a Carola Bruzzoni, ya tiene rostro para el gran público.

La historia de su brutal agresión acaba de vivir un nuevo capítulo que apunta al misterio de la tarjeta telefónica de la víctima. La familia de Carola ha asegurado que “ha desaparecido” la memoria del teléfono móvil de la agredida, en la que podía estar grabado el vídeo que supuestamente fue motivo de la extorsión.

Esta historia digna de toda una telenovela comenzó cuando Carola fue atacada por Silvia Luna a mazazos en el bar en el que trabajaban de la ciudad de General Las Heras, en Buenos Aires.

Supuestamente Carola amenazó a Luna con difundir un vídeo de contenido sexual que podría echar por tierra los planes de boda de la agresora.

Sin embargo, el marido de Bruzzoni, Ricardo Robledo, niega tal intención. "Conociendo a Carola durante 22 años de convivencia, nunca estuvo en su forma de ser utilizar una herramienta (tecnológica) como esa para extorsionar a alguien. ¿Extorsionar para sacar qué?, afirmaba a los medios. Además, el marido concretaba que la tarjeta telefónica desapareció el viernes, un día antes de la agresión, “por eso, no tuvo posibilidad de haber amenazado con enviar un vídeo a alguien”.

Pero esta historia tiene cabos sin atar, ya que el propio abogado de la familia Bruzzoni ha dejado caer que “en las tarjetas telefónicas suelen cargarse vídeos y fotos”. Aunque la familia no está interesada en el motivo de la agresión, sino en sus consecuencias.

Familiares de Bruzzoni han confirmado que Carola se encuentra muy grave y que “puede quedar en estado vegetativo”. Las esperanzas no son muy halagüeñas. “Los médicos nos dicen que directamente no va a quedar viva”, comentaban los familiares.

Actualmente, Silvia Luna se encuentra detenida por intento de homicidio a espera de juicio.


Otra Nota:

Juegos sexuales en un barrio residencial. El dramático caso de Las Heras terminó con un final trágico y sigue con un desenlace peor. Por un lado, Carola Bruzzoni falleció después de varios días de agonía, y su amiga Silvia Luna podría pasar 25 años en prisión.

La pelea entre ambas se originó a partir de un video que aún no fue usado como prueba en la investigación sobre las causas que llevaron a Silvia a atacar a mazazos a su amiga y compañera de trabajo.

Se dice que Luna actuó contra Bruzzoni acusándola de frustrale su matrimonio con la difusión de dicho video donde esta última aparece teniendo relaciones sexuales con un hombre que no era su novio. Tras la muerte de la mujer de 40 años, la agresora, Luna, de 31, será acusada ahora de homicidio simple.

ES UNA ASESINA, NO TIENE ARREPENTIMIENTO
Carola pasó una semana de agonía hasta que murió este lunes por la tarde de un paro cardíaco en el hospital de General Rodríguez, donde se encontraba internada.

“Si tengo que hablar de corazón, considero que es una asesina, la escucho y no noto ningún tipo de arrepentimiento en su tono de voz”, dijo Marta San Juan, tía de la víctima.

Ahora, la situación judicial de Luna es ahora más complicada. La causa cambiará su carátula de “intento de homicidio” a la “de homicidio simple”, un delito que prevé penas de hasta 25 años. La agresora había declarado ante la Justicia que hubo una pelea y que golpeó a su compañera con una maza para carne para defenderse.

SILVIA: “FUI A PEDIRLE EXPLICACIONES... TODO TERMINÓ MAL”
“Me enteré que me quería arruinar el matrimonio con el video, le fui a pedir explicaciones y terminó todo mal. Nos peleamos y agarré la maza para defenderme y sacármela de encima. No la quise lastimar de esta manera”, dijo la detenida.

Mientras tanto, el viudo, Sergio Robledo aseguró que “nada” va a poder “aliviar el dolor” por lo ocurrido. “El dolor no lo va a aliviar nada. La falta de Carola en mi casa nada lo va a atenuar… pero el hecho de que se cumpla la Justicia es importante”, declaró.

Mónica J.F.

"Mónica es mentirosa compulsiva y no muestra arrepentimiento por el asesinato de su hijo". Estas son las conclusiones de los facultativos tras realizar un minucioso examen psicológico a la parricida de Maó.

Mónica J.F., de 30 años, confesó que había asesinado a su hijo César, de nueve años, para ocultarlo a su nuevo novio. La mujer ahogó al menor en la bañera y luego ocultó el cadáver en el interior de una maleta. El hallazgo del esqueleto puso sobre la pista de la parricida.

Los psicólogos que examinaron a Mónica concluyeron que no padecía enfermedad mental alguna y que estaba plenamente capacitada para distinguir el bien del mal. Los peritos se entrevistaron con la parricida en el Centro Penitenciario de Palma durante un mes.
Los forenses constataron la facilidad de Mónica para falsear la realidad. De hecho, ella misma reconoció estar mintiendo de manera compulsiva desde la adolescencia, desde que cumpliera los 16 años. "Tapaba una mentira con otra", señalaron.
En el transcurso de estas entrevistas, Mónica llegó a confesar que su hijo "le molestaba". Tampoco dio la menor muestra de arrepentimiento, aunque la ausencia del niño le había acarreado sentimientos de añoranza.

Después de consumar el asesinato de su hijo César, introdujo el cadáver en una maleta. El hallazgo del esqueleto condujo a su detención. La madre del menor aseguró a los psicólogos forenses que estaba convencida que "la cogerían".

Los investigadores del Grupo de Homicidios lograron identificar el esqueleto apenas unas horas después de su hallazgo. Su domicilio figuraba aún en Noia, un pueblo de La Coruña.

Su madre vivió en Galicia hasta finales de 2007. Conoció a un hombre por internet y, en marzo de 2008, dejó a su hijo con los abuelos y se marchó a Menorca. En verano, cuando se vieron desbordados, convencieron a su hija para que se llevara al niño a la isla.

La mujer presentó al niño como su sobrino y aseguró que solo iba a estar con ella 10 días. Así fue. El 10 de julio de 2008 fue la última vez que se vio al pequeño César con vida

16 mar 2012

Graciela Mónica Hammes


A Graciela Mónica Hammes no le bastó la solícita frase con que cerró su alegato final. “Señores jueces, por favor, no se equivoquen”, dijo el jueves pasado ante Juan Carlos Fugaretta, Fernando Maroto y Roberto Borserini, integrantes de la Sala I de la Cámara de San Isidro. Ayer por la mañana los magistrados consideraron que no erraban al condenarla a prisión perpetua, acusada de quemar vivo a su marido, Alberto César Ortega, el 8 de junio del ‘98, para cobrar un seguro de vida de cien mil pesos. Al contrario, a lo largo de los 59 folios en que se extendió la sentencia, fue enumerada una sorprendente cadena de errores y exabruptos de la imputada, que derivaron en su posterior condena. En especial dos detalles que no podían pasar inadvertidos: el primero, que el día del crimen Hammes ocultaba con guantes sus manos quemadas. El segundo, más obvio, aparecía al pie de la póliza de seguro que la tenía como beneficiaria: la mujer había fraguado la firma de su marido. Ortega jamás se enteró de que su muerte había sido valuada en cien mil pesos.

Ortega fue hallado completamente carbonizado dentro de su Fiat 600, el 8 de junio de 1998 a las 6.30 de la mañana, en la calle Los Andes entre San Martín y la Panamericana, en Benavídez, partido de Tigre. Trabajaba como custodio de empresas de carga. En realidad, cuando fue descubierto, Ortega no era más que un cuerpo irreconocible. A tal punto que fue imposible determinar su sexo. Como N.N. quedó asentado en las planillas. A través de la patente del auto la policía encontró a los posibles familiares de la víctima. Se trataba de Graciela Hammes, por entonces de 37 años. “Durmió mal, estaba angustiado por problemas económicos, se levantó muy temprano, a las 5 de la mañana, y salió dispuesto a vender el auto”, dijo la sorprendida mujer.

Poco después, Hammes reconoció a su marido por tres objetos: el anillo de casamiento, el reloj y una cadenita. “Es igual al mío”, dijo la mujer, en sede policial, cuando le mostraron la alianza. El uniformado le solicitó que enseñara la suya y Hammes, muy nerviosa, trató de eludir el pedido. Aunque era un día de otoño soleado, llevaba guantes que ocultaban serias quemaduras. “Fue con una estufa”, aseguró nerviosa.

Pero no sólo sus manos estaban marcadas. A los investigadores no les cerraba la versión de la venta del auto: en la casa de la pareja, a 30 cuadras del lugar del siniestro, habían hallado la cédula verde y el boleto de compra venta del Fiat, y el DNI de Ortega. “Nadie se levanta a las 5 de la mañana para vender un auto y menos sin llevar documentos”, sostuvo Martín Cruz Molina, quien junto a Jorge Osores Soler representó a la familia de la víctima. Había más. Ortega tampoco llevaba su registro ni su cédula de identidad: descansaban a 200 kilómetros del lugar, en San Nicolás, en la casa del hijo del primer matrimonio de Hammes, dentro de los bolsillos de su campera.

En realidad, como más tarde consideró probado el tribunal, Ortega no tuvo necesidad de llevar su licencia de conductor porque jamás se sentó al volante. Recibió un golpe contundente en el cráneo, que lo tomó por sorpresa y lo desvaneció. Los 85 kilos de Ortega fueron cargados en el asiento trasero del Fitito. No debió ser fácil. Por ése y otros detalles, los jueces ordenaron que se reabriera la investigación para determinar la coparticipación de cómplices. Después, condujo el auto hasta el descampado, lo roció con nafta y echó un fósforo.

Algunos vecinos declararon haber visto al hijo del primer matrimonio de Hammes, chupando nafta con un tubito del tanque del mismo Fiat, la noche anterior al crimen. “Resultaba demasiado evidente que fuera a comprar combustible con un bidón”, señaló Molina a Página/12. La misma Hammes reconoció un gorro con visera hallado a metros del auto quemado, como perteneciente a una de sus hijas. También una vecina figura dentro de las carpetas giradas a la fiscalía. Pero lo que delató las intenciones de la condenada fue la póliza de seguro. El 22 de mayo del ‘98, Hammes contrató un seguro de vida recíproco por cien mil pesos. Si ella moría, los beneficiarios serían su marido y su hijo de San Nicolás. Si la Parca tocaba a Ortega, cobraría sólo ella. Al pie del documento, aparecía la firma complaciente del difunto. Los peritos de Gendarmería determinaron que Ortega jamás firmó. El trazo no se correspondía con sus firmas, pero tenía demasiadas semejanzas con la caligrafía de la mujer.

Fugaretta, Maroto y Borserini sentenciaron a prisión perpetua a Graciela Mónica Hammes por homicidio calificado por el vínculo, con alevosía y con el concurso premeditado de dos o más personas.

Karina Lorena Pereyra


Karina Lorena Pereyra fue condenada por la Justicia de Quilmes, tras ser hallada culpable de matar a su esposo, en 2006. La defensa había pedido la absolución, al considerar que el hombre la sometía a prácticas sexuales aberrantes.

Karina Lorena Pereyra fue condena este mediodía a la pena de prisión perpetua, tras ser hallada culpable de haber matado a su marido, en febrero de 2006. La defensa había solicitado la absolución ante la Justicia de Quilmes, argumentando que el hombre la sometía a prácticas sexuales aberrantes. La mujer nunca negó haber sido la autora del homicidio, pero manifestó que se defendió. De todas maneras, el fiscal de Quilmes José María Gutiérrez solicitó que se la sentenciara por el delito de "homicidio calificado por el vínculo".


La mujer ahora condenada llegó detenida al debate oral. La defensa había considerado que actuó bajo un estado de emoción violenta. Pero el Tribunal Oral Criminal 2 de Quilmes, integrado por los jueces Ariel González Elicabe, Rubén Darío Sánchez y Delia Allaza, cosideró culpable a la mujer. El crimen se conoció el 16 de febrero de 2006.



Ariel Zarza fue hallado asesinado de un balazo dentro de su auto Citroën C3 gris oscuro, justo frente a la escuela de la Policía Bonaerense, en el Parque Pereyra Iraola, partido de Berazategui. El hombre estaba tirado en el asiento del conductor con el torso girado hacia la parte trasera del vehículo. Tenía un disparo en el hombro con un orificio de salida por la espalda. Zarza era dueño de una pizzería ubicada en el centro del barrio Don Orione.



En el momento del hallazgo, la víctima no tenía puestos los pantalones, algo que llamó la atención de los investigadores y de inmediato orientó la causa a un crimen sexual o pasional. Un día antes de la aparición del cuerpo, la esposa de Zarza había ido hasta la comisaría 9a. de La Plata, en el barrio Parque Calchaquí. Allí denunció la desaparición de su marido.



La mujer le dijo a la Policía que su esposo estaba desaparecido desde el día anterior a la noche. Relató que el hombre supuestamente había salido de su casa de Quilmes en su auto, a comprar medicamentos, pero que nunca había regresado. "Desde un primer momento nos extrañó su actitud. Si bien es común que los familiares de gente desaparecida estén desesperados, en ella se notaba una sobreactuación", contó un investigador.



Con el hallazgo del cadáver, los policías fueron a la casa de Pereyra y le dieron la noticia, pero en ese momento la mujer se quebró y reconoció haber sido la autora del crimen. Ya en esa declaración ante agentes de la DDI de Quilmes había relatado prácticas sadomasoquistas que supuestamente sufría. "Dijo que ese día el hombre la sometió en el auto. Contó que él lo hacía atarlo y le decía que se masturbara. Ella dice que le aterraba hacerlo, hasta que se cansó", contó un jefe policial.



Luego, durante su declaración judicial, Pereyra repitió que cometió el crimen porque estaba "harta de las prácticas sexuales" a las que era sometida. La acusada también reconoció que mantenía una relación paralela con un amante, a quien al principio se vinculó con el caso. Pero luego se comprobó que nada tenía que ver.

Margarita Sanchez Gutierrez "La Viuda Negra"



Por No se sabe quién le puso a Margarita Sánchez Gutiérrez el apodo de viuda negra. El inspector Modesto (sigámosle llamando así) y su equipo de la comisaría de L'Hospitalet, cuando tuvieron que poner título a la carpeta hoy rebosante, escribieron "Margarita: un cóctel explosivo ". En comisaría, se dan nombres clave a los casos para preservar, al menos en las portadas, los nombres de las personas,Esa carpeta se fue llenando con el producto de una investigación minuciosa que duró ocho meses, desde octubre del 95 hasta junio del 96.

Margarita Sánchez Gutiérrez (Málaga, 1953, sin antecedentes penales) había estado viviendo en la calle Riera Blanca, que es frontera inapreciable entre las populosas ciudades de L'Hospitalet y Barcelona. Es un barrio modesto, de obreros y parados, un poco deprimido, pero a simple vista no se observa el deterioro de la delincuencia invasora. En 1991, Margarita se trasladó con su marido, Luis Navarro, y sus hijos Sonia y Javi a vivir con sus suegros, a la calle Caballero del barrio de Sants. Lo hicieron para ir a cuidar del padre de Luis, que acababa de ser operado del cuello, y porque los habían desahuciado del piso que ocupaban.

Margarita y su suegra no se llevaban bien. La suegra, Carmen Nuez, era mujer de mucha autoridad y carácter, y exigía a su hijo la mitad del sueldo para sufragar gastos de estancia. Margarita, procedente de una familia de estructura matriarcal, no podía consentirlo. Se sentía intrusa y humillada.

En 1992, después de la muerte de su marido, doña Carmen Nuez, de 74 años, ingresó cinco veces en el hospital Clínico aquejada de unos extraños ataques cuyos sintomas incluían la taquicardia y la dificultad respiratoria. Carmen Nuez proclamaba que su nuera la estaba envenenando, de manera que el departamento de Toxicología del hospital la sometió a una batería de tests. Todos dieron resultado negativo.

En julio de ese mismo año, una anciana (70 años) que vivía en la calle Comtes de Belloch, muy próxima al domicilio de Margarita Sánchez, fue hallada inconsciente en su piso. Era una pobre mujer que recogía cartones por las calles, vivía entre basuras y vestía de forma muy descuidada. Pero tenía una cuenta corriente bien nutrida y alguien sacó de ella más de un millón de pesetas mientras la propietaria estaba ingresada y en coma. La pobre dona Rosalía murió el 3 de agosto y una congregación religiosa recibió su herencia, de 23 millones de pesetas.

Ese mismo mes de agosto, el marido de Margarita Sánchez Gutiérrez, Luis Navarro, conductor de metro, cayó fulminado en plena Travessera de les Corts. Murió dos meses después en la clínica Provença. Los médicos atribuyen su muerte a "paro cardiorrespiratorio y encefalopatía posanoxia cerebral". Su esposa demandó a la policía municipal por haberse retrasado en enviar una ambulancia y pidió una indeminización millonaria, que ya ha sido desestimada.

Tras la muerte de Luis Navarro, una sobrina llego a casa de doña Carmen Nuez para hacerse cargo de ella y puso a Margarita Sánchez y a sus hijos en la calle. A partir de ese día, la salud de doña Carmen Nuez mejoró notablemente.

Margarita Sánchez se fue a vivir con su hermana Josefa y su cuñado, José Aracil, de 50 años. Esto era en la Riera Blanca, 96, justo enfrente del número 95, donde habían vivido tiempo atrás.

En mayo de 1993, murió Manuel Diaz Rojas, de 57 años, que vivía en el ático del mencionado número 95. Parece ser que Margarita lo visitaba con frecuencia.

En julio del mismo año, el cuñado de Margarita, José Aracil, ingresó dos veces en el hospital. Y el 14 de agosto murió. El 26 de ese mes fue cuando Margarita Sánchez le sirvió a José Antonio Cerqueira la paella y el calimocho después de los cuales tuvo que ser ingresado en el hospital durante 40 días. Y un mes después, el 23 de septiembre, fue cuando Piedad Hinojo cayó fulminada y se pasó 23 días en coma profundo.

Por esas fechas, llegaron a algunos periódicos barceloneses las protestas de gente que habla sido timada en el metro "por una viuda acompañada de una niña y un niño". Mostrando la documentación de Luis Navarro Nuez, su marido, empleado del metro, Margarita Sánchez hablaba de una fábrica de electrodomésticos que había quebrado y que liquidaba sus existencias muy baratas, y vendía frigoríficos fantasmales a cambio de una paga y señal por la que no firmaba recibo alguno.

Con la nómina de José Aracil o de su marido, Margarita pidió en diferentes bancos y establecimientos créditos cuyas mensualidades nunca pagó. En una de las tiendas, después de fírmar las letras que no pensaba pagar, se llevó 1.000 duros del dueño como paga y señal de un aparato que ella prometió que sacaría muy barato de una empresa que había quebrado.

El escritor metido a reportero avanza atónito en medio de esta realidad inesperada. Todo es tan normal que parece inofensivo. Nada que ver con las atmóferas ominosas y poéticas de la ficción. Cuando hable con Piedad Hinojo descubriré que es como mi tía Julia, y que su casa está decorada como la de los tíos de mi esposa, y en el bar Riera Blanca están más interesados por la derrota de Induráin en el Tour que por las monstruosidades que se respiran en el ambiente.

Sólo ese buzón del 2º 2ª, perteneciente a Margarita Sánchez Gutiérrez, ese buzón al que han arrancado la tapa y que es como un nicho abierto. Sólo esa puerta del 2º 2ª, que destaca de las de a lado porque está pintada de negro y porque algún impaciente ha grabado en ella muescas con una navaja. Sólo esos efectos de tramoya barata dan a entender que estamos buscando una verdad muy seria, trascendente y terrible.

Y, sin embargo, aunque casi no se note, la sospecha del asesinato planea sobre el barrio aburrido y anodino.

Exclama Damián Aracil, hermano del cuñado de Margarita:

-Aquí todos se lo huelen, ¿pero como voy a poner una denuncia si el médico dice que mi hermano murió de muerte natural?

Cuando la sobrina de doña Carmen Nuez estaba haciendo limpieza en la casa de la calle de Caballero, encontró detrás de un armario la libreta de ahorros y otra documentación perteneciente a la anciana Rosalia, aquella pordiosera que donó 23 millones al Cottolengo. Y lo comunicó a la policía, naturalmente.

El seguimiento de Margarita Sánchez Gutiérrez es muy fácil. Al principio, los inspectores que la seguían tuvieron la sensación de que se temía que la vigilaran. Se daba la vuelta cuando menos lo esperabas, cambiaba la dirección de pronto... "Me ha mordido", se decía el agente en su jerga. Pero no. Era su manera de andar, tal vez relacionada con su acentuado estrabismo. No efectuaba itinerarios complicados, ni tomaba medidas de seguridad para evitar que la siguieran. Iba confiada. Y así la policía fue comprobando que dejaba de pagar en todas las tiendas y que en muchas de ellas se negaban a venderle.

Antes de que el juzgado les pidiera, de oficio, que investigaran si las enfermedades de las víctimas eran accidentales o no, ellos ya se hablan planteado la posibilidad de que aquella mujer tuerta y bizca hubiera tomado parte en las hospitalizaciones.

Pero es analfabeta, de forma que no había que pensar en compuestos químicos ni complicadas mezclas preparadas en casa. Por eso, pusieron mucha atención en sus visitas a farmacias y droguerías del barrio y detectaron en seguida que compraba un solo producto farmacéutico con asiduidad. Y no tenia ningún motivo aparente para comprar ese fármaco. Ni ella ni ningún familiar próximo.

Se ha convenido en no dar el nombre de ese fármaco a la luz pública para evitar una oleada descontrolada de intoxicaciones de parientes odiosos, pero todo el mundo afirma que se precisaría una cantidad increíble para causar la muerte con él.

Una voz autorizada del departamento de Toxicologia del hospital Clínico asegura que no se conoce ningún caso de muerte por consumición de este medicamento... a menos que (siempre hay una salvedad) lo consuma alguien que sufra del corazón, o que tenga problemas respiratorios, o diabetes...

En febrero de 1996, el inspector Modesto pidió ayuda a los 10 inspectores que componen el Grupo de Homicidios de Jefatura.

El 17 de abril se efectuó un registro en el domicilio de Josefa Sánchez, donde vivía Margarita con sus hijos. La policía encontró allí joyas y documentación propiedad de Piedad Hinojo y la cartera y la tarjeta de crédito de José Antonio Cerqueira.

El miércoles 19 de junio de 1996, Margarita Sánchez Gutiérrez, de 43 años, y su hija Sonia Navarro Sánchez, de 17, fueron detenidas por efectivos del Grupo de Homicidios de la Jefatura Central de Policía de Barcelona.

Margarita Sánchez Gutierrez fue condenada a 34 años de prisión por tres delitos de lesiones, otros tantos de robo con violencia y un delito de falsedad. La absolvieron de los asesinatos al no detectarse casos de muerte por cianamida y porque la intención de Margarita era drogar a sus familiares y vecinos para robarles, no para matarlos según determino la justicia.

María Ángeles Guzmán


María Ángeles Guzmán no vestirá el luto de su tan deseada viudez. Efectivos de la Policía Judicial la detuvieron el pasado día 29 tras confirmarse las sospechas de los médicos que atendían a su marido, Luis Pablo Ballesteros, de 37 años. El hombre, víctima de una extraña enfermedad desde hace cuatro años, empeoraba cada vez que salía de la UCI pese a los cuidados de su solícita esposa, que incluso se saltaba los consejos médicos y le suministraba bebidas dentro del centro sanitario. En cada trago, María Ángeles, de 40 años, ponía cianamida, un medicamento que en grandes dosis puede ser mortal. La detenida ha alegado que sólo quería dejar a su esposo paralítico para que dejara de beber.

Luis Ballesteros, que trabaja como carpintero en Fuenlabrada (Madrid), permanece ingresado en la unidad de cuidados intensivos del hospital Virgen de la Salud aquejado de encefalopatía y hepatitis A provocadas por el lento y metódico envenenamiento al que le sometía su esposa desde hace cuatro años. La pareja, residente en Illescas (Toledo), tiene tres hijos de 8, 11 y 15 años de edad. Los vecinos han confirmado que no había una buena relación entre el matrimonio.La investigación se inició cuando los médicos del hospital en el que estaba ingresado el marido de Ángeles intuyeron que algo raro estaba pasando. El paciente sufría una extraña sintomatología que empeoraba cada vez que salía de la UCI para ser ingresado en una habitación de planta. Állí le esperaba su preocupada esposa quien, a pesar de la prohibición expresa de los médicos, le daba bebidas regularmente. Personal del hospital obtuvo muestras de los líquidos y los enviaron al Instituto Nacional de Toxicología.

Allí descubrieron que María Angeles estaba dando a su marido cianamida en cada trago, un principio activo que se utiliza como tratamiento contra el alcoholismo. Si se ingiere con bebidas alcohólicas produce sudoración, vómitos y náuseas. La mezcla, suministrada a grandes dosis puede provocar la muerte. María Angeles había comprado el medicamento en distintas farmacias de Illescas y Toledo con recetas blancas, las que facilitan los médicos particulares.

La brigada judicial de Toledo detuvo a María Ángeles, a quien vigilaban desde mediados del mes de enero, el pasado jueves cuando iba a entrar en el hospital. En su bolso encontraron una ampolla del medicamento con cianamida. El juzgado número 3 de Toledo, que instruye el caso, ordenó su ingreso en la prisión de Carabanchel.

Según informó ayer el jefe superior de Policía de Castilla-La Mancha, Alejandro Espejo, en un registro en el domicilio conyugal se halló una póliza de seguros por valor de medio millón de pesetas para cubrir los gastos de enterramiento con vigencia desde el 1 de enero de 1998.

La futura viuda dejó otra muestra de su prevision: a pesar de que los médicos no desahuciaron en ningún momento a su marido, sobre la cama de matrimonio encontraron, bien colocados y planchados, una falda y un jersey de mujer de color negro, así como un traje gris de caballero, una camisa y ropa interior nueva que supuestamente hubiera utilizado como mortaja.

Espejo aseguró que por el momento no se sabe si hay otros seguros de vida.

Según las investigaciones, la víctima nunca pudo sospechar lo que estaba pasando porque el medicamento es incoloro e insípido, a pesar de que en los últimos meses e incluso en el hospital se lo suministró en grandes dosis para acelerar el fatal desenlace.

Condenada a 12 años de cárcel por intento de envenenamiento de su esposo.

María Angeles Guzmán López, de 38 años, condenada a doce años de cárcel por la Audiencia de Toledo por intentar envenenar a su esposo, Luis Pablo Ballesteros, ingresó ayer en la prisión de Soto del Real ante la gravedad de la condena y para evitar una posible fuga hasta la ejecución de la sentencia. Según confirmaron fuentes judiciales, tras la notificación de la sentencia esta mañana, el tribunal de la sección primera de la Audiencia toledana dictó un auto de detención y de ingreso en prisión contra María Angeles Guzmán, que se encontraba en libertad provisional en su localidad natal, la Guardia (Toledo), tras cumplir dos años de prisión preventiva, entre enero de 1998 y enero del 2000. El próximo jueves se celebrará una vista tras la cual la sala determinará si la envenenadora de Illescas continúa en prisión o queda en libertad provisional hasta que la sentencia sea firme, puesto que la defensa anunció que la recurrirá ante el Tribunal Supremo. Por su parte, el abogado de María Angeles Guzmán dijo que su patrocinada no tuvo ánimo de acabar con la vida de su esposo, sino de lesionarle para que la dejara en paz, ya que este hombre tenia fama de ser adultero y violento.

15 mar 2012

Karen Mayela Prieto Chávez


Agentes investigadores, lograron esclarecer el homicidio del estudiante Javier Loya, de 22 años, donde aparecen como presuntos responsables la esposa de la víctima, un hombre con quien la mujer sostenía una relación extramarital y un joven de 18 años a quien pagaron mil 500 pesos.

Los detenidos son Karen Mayela Prieto Chávez de 21 años, René Calderón Gutiérrez de 21 -con quien sostenía una relación sentimental desde el mes de agosto del año pasado- y Emanuel Moriel Torres de 18 años.

Policontundido y con múltiples heridas producidas con un cuchillo principalmente en cuello y tórax, el cuerpo de Javier Loya fue localizado el pasado día siete por la noche en un predio ubicado en la colonia Villas del Tec.

Los agentes investigadores comenzaron las indagatorias del caso entrevistándose con la esposa de la víctima, quien primero refirió que ella y su esposo habían sido atacados por varias personas para despojarlos de sus pertenencias.

Durante el interrogatorio, Karen Mayela cayó en diversas contradicciones además de ofrecer versiones distintas de cómo ocurrieron los hechos tanto a la Policía Municipal como a los papás de la víctima.

Finalmente terminó por confesar que ella y su amante planearon el homicidio en días pasados y para llevarlo a cabo, pidió a su esposo la llevara a la casa de una amiga que vive en la colonia Villa del Tec a recoger unas películas.

Cuando llegaron a la colonia, Karen Mayela recibió un mensaje en su teléfono celular donde René le indicaba que se trasladara a una cancha de futbol y se colocaran de espalda a la portería.

Una vez en el lugar, aparecen vestidos de negro y con los rostros cubiertos René Calderón y Emanuel Moriel quienes obligan a la víctima a hincarse para después apuñalarlo en cuello y tórax hasta privarlo de la vida.

¿Acido?

Una mujer de apellidos Hidalgo Sánchez, está sentada en el banquillo de los acusados del Tribunal Penal de Heredia, al ser responsable de causar lesiones graves a otra, en Santa Bárbara de Heredia, Costa Rica.

Los jueces deberán determinar en su sentencia si la imputada le lanzó algún tipo de ácido a Gloria Arias Sánchez, durante una riña.

El juicio, que arrancó ayer, está a cargo de los jueces Daray Peralta, Alfredo Arias y Óscar Mario Vargas y la representación del Ministerio Público está a cargo de la fiscal, Gabriela Monge, concluirá esta mañana con la sentencia.

Ayer, los jueces escucharon la declaración de la ofendida y los testigos, por lo que hoy se seguirá con la incorporación de la prueba documental y la sentencia.

Los hechos se dieron en febrero de 2004 en la comunidad de Santa Bárbara de Heredia, cuando la ofendida y la acusada comenzaron una pelea, hasta que Arias cayó al hueco de una alcantarilla, donde recibió golpes fuertes en varias partes del cuerpo.

En su declaración la ofendida sintió que le cayo algún tipo de ácido en el pelo que le produjo quemaduras.

Sin embargo, las lesiones principales las recibió en su mano derecha que le provocaron la pérdida del 65% de la movilidad.

Según los testigos, el pleito inició cuando el exmarido de la víctima le pagó a la mujer para que le diera una paliza.

Laura Moreno y Jessy Quintero


El fiscal encargado, Antonio Luis González presentará ante el juez 11 de conocimiento de Bogotá, el escrito de acusación contra las estudiantes Laura Moreno y Jessy Quintero, por el asesinato del su compañero de la Universidad de Los Andes, Luis Andrés Colmenares, encontrado muerto en el caño del parque el Virrey al norte de Bogotá el 1 de noviembre del año 2010.

Para el pasado viernes en el complejo judicial de Paloquemao, estaba prevista esta audiencia, pero por motivos de fuerza mayor se tuvo que aplazar para este lunes a la misma hora.

Laura Marcela Moreno y Jessy Quintero enfrentarán cargos por homicidio agravado en calidad de coautoría impropia, falso testimonio y encubrimiento.
Durante la diligencia de hoy, el fiscal González, demostrará que Moreno y Quintero, conocen y ocultan a los autores del hecho, tesis que sustentará conforme a los peritazgos y a evidencia de otros expedientes recopilados por seis investigadores asignados por la Procuraduría General de la Nación.

Según el fiscal hay más de 77 pruebas y aproximadamente 40 interrogatorios que serán expuestos en el juicio, además aseguró que los testimonios y documentos comprueban que Moreno y Quintero son las responsables de la muerte del joven de 20 años.
González señaló que “las conductas por las que se acusaron fueron las mismas por las que se imputó, por lo que el código penal establece una pena entre 30 y 60 años de prisión de comprobarse que fueron culpables en la muerte de Luis Andrés”.

Una las pruebas es la que tiene que ver con la inspección que se le hizo a la camioneta de platón que manejaba Carlos Cárdenas, el ex novio de Laura Moreno la noche de los hechos, así como al mismo automotor que ella manejaba y en la cual el fiscal demostrará que el cuerpo de Luís Andrés Colmenares fue movido presuntamente al caño El Virrey, estando ya muerto.

La Fiscalía también insistirá en el testimonio de Cárdenas, pues cree que la entrevista que rindió hace un mes “tiene vacíos que será necesario conocer para buscar la verdad”.

Por su parte la defensa de las dos estudiantes, cuestionaron la veracidad y la practica de necropsia que se le hizo al cuerpo de Luís Andres Colmenares, por parte del exdirector de Medicina Legal, Máximo Duque.

Ruth Ellis


Ruth Ellis pidió una botella de brandy y su deseo fue concedido. Saboreó cada trago y al rato se sintió animada. Imaginó que estaba en su night club envuelta por la música y la semipenumbra. Cuando dejó el vaso en la mesita al lado de la cucheta, advirtió que el borde que se había llevado a los labios no estaba manchado con rouge como era habitual, y entonces volvió de golpe a la realidad. Miró las paredes grises de su celda, en la prisión de mujeres de Holloway.


Tenía 28 años, había sido condenada por asesinar a su amante y en 24 horas más sería colgada del cuello hasta morir. Era el 12 de julio de 1955. Albert Pierrepoint entró al anochecer a Holloway para cumplir con su trabajo según los viejos ritos. Estaba impecablemente vestido con un traje gris oscuro y chaleco. Flaco y alto, de pelo corto y blanco, con infinita cortesía pidió a los guardias conocer a "su cliente". Lo llevaron hasta una celda contigua a la de Ruth. Allí estaba la horca y en una de las paredes una puerta de metal con una mirilla que abrieron muy despacio.



Pierrepoint, el verdugo más famoso de Inglaterra, observó detenidamente a la condenada, anotó su peso y su altura y los combinó mentalmente con otros factores esenciales para su tarea: el grosor y la longitud de la soga. Ella no se dio cuenta de que la observaban. La mujer, que se convertiría en la última en ir a la horca en Inglaterra, sollozaba repetidas veces: "No quiero morir... quiero ver a mis hijos..." Albert Pierrepoint cerró la mirilla con sus huesudas manos. Ruth era hija de una refugiada belga y de un músico inglés de apellido Neilson que prefería pasar la mayor parte del tiempo tocando el chelo en cruceros transatlánticos antes que con su familia en tierra firme.



Ya adolescente, Ruth se platinó el cabello y empezó a frecuentar clubes nocturnos. Le gustaban las polleras ajustadas, los tranquilizantes y el brandy. Primero fue camarera; luego modelo, después desnudista en boliches de mala muerte, más tarde alternadora, prostituta de ocasión con hombres de la alta sociedad y, finalmente, encargada de un local nocturno. Tuvo un varón de una de sus parejas juveniles y otro más de su matrimonio con un dentista alcohólico llamado George Ellis, una unión que se disolvió rápidamente. Esta era su vida hasta que en The little club, en el corazón de Londres, conoció a David Blakely, un joven de 25 años que no tenía otra ocupación más que despilfarrar las 7.000 libras esterlinas que había recibido de herencia paterna. Le gustaban las carreras de autos pero su último vehículo había quedado en la línea de partida el día de su debut. La relación con Ruth fue tormentosa. Vivían en un departamento alquilado; él la engañaba y ella le hacía pagar el alquiler a uno de sus clientes ricos. Blakely a veces le pegaba, a veces le proponía matrimonio, a veces se emborrachaba con ella y a veces estaba semanas sin aparecer.



El Viernes Santo de 1955 habían quedado en encontrarse a las 19.30 en un boliche. David iba hacia la cita cuando se encontró a unos amigos, Carole y Anthony Findlater. Como lo vieron deprimido, le propusieron ir a otro local a tomar unos tragos y a olvidarse por un momento de sus problemas con Ruth. El aceptó.

Ruth, en cambio, llegó puntual a la cita y esperó en vano. Pero no sólo esperó ese día sino el siguiente y el siguiente. Se enteró de que David había salido con los Findlater y se convenció que la engañaba con Carole. Y más todavía: creyó que la engañaba con el matrimonio Findlater. Pasadas las 21 del domingo de Pascua de 1955, Ruth Ellis fue al club Magdala, donde estaba David. En su cartera llevaba un revólver calibre 38. Blakely recibió el primer tiro a menos de 8 centímetros de distancia.



Tambaleante, salió a la calle y allí Ruth le disparó cinco veces más. Se quedó parada en ese lugar. "Llamen a la policía", les dijo a los curiosos que se reunieron allí. No intentó defenderse en ningún momento. "Soy culpable", reconoció siempre. Un jurado tardó 14 minutos en dar el veredicto: muerte en la horca. En todo el país hubo un fuerte rechazo a esta decisión porque se consideraba que la muerte era un castigo exagerado para un crimen pasional. Raymond Chandler, el famoso escritor de novelas policiales escribió en el Evening Standard: "Su crimen fue fruto de la provocación. En ningún otro país del mundo se colgaría a esta mu jer". Abogados, parlamentarios, hombres del común y de la cultura participaron de campañas a favor de un indulto. En una de ellas se reunieron 50.000 firmas. Pero el perdón jamás llegó. El 13 de julio de 1955, al toque de diana en la cárcel de Holloway, a las 6.30, nadie despertó a Ruth. Era la tradición dejar dormir al condenado el día de su ejecución.



Poco antes de las 9, la hora señalada, Ruth desayunó con más brandy. Una multitud ya se concentraba en la puerta de la penitenciaría para protestar. Un violinista callejero ejecutó varias veces el Ven cerca de mí, de Bach. Pierrepoint entró a la celda con su ayudante. Ruth, de acuerdo a la tradición, estaba sentada de espaldas a él. El verdugo le ordenó suavemente que se incorporara y le ató las manos a la espalda. Dos guardias la llevaron a la celda contigua, la de la horca. Ruth Ellis, repleta de brandy, caminó despacio. La dejaron sobre la trampa, en un lugar exacto señalado con tiza blanca. Entonces le ataron los tobillos con una correa y Pierrepoint le colocó una capucha blanca. Enseguida acomodó el nudo de la soga de cáñamo debajo de la mandíbula de Ruth, del lado izquierdo. Vio que estaba todo dispuesto y tomó la palanca que accionaba la trampa. El abrumador silencio fue roto por el piso de la trampa al abrirse y por el sonido seco del cuello de Ruth al quebrarse. El médico comprobó la muerte. El cuerpo quedó colgado cerca de una hora más, como también era costumbre, aunque nadie explicó nunca esta última indignidad. Se izó una bandera negra y se oyó el tañir de una campana. Un guardia colocó en la entrada un cartel que decía que la sentencia se había cumplido según las reglas y con humanidad. Los manifestantes se dispersaron en orden y en silencio. Pierrepoint fue con su ayudante a una oficina a cobrar su trabajo.



Al rato, un furgón salía de Holloway. Llevaba el cadáver de Ruth hacia el cementerio. El portón no se había cerrado aun cuando apareció el verdugo. Saludó con la mano a uno de los guardias, se despidió de su ayudante y se fue a su casa, caminando.

Noelia de Mingo


Tres años después, Fernando Alberca, el novio de la médico residente Leilah El Ouaamari, presuntamente asesinada por su compañera Noelia de Mingo Nieto, volverá a revivir, durante el juicio que comienza hoy en la Audiencia Provincial, la pesadilla que le arrancó al amor de su vida y que le sumió en una profunda depresión. Hoy está bastante recuperado, gracias a los psicólogos. Pero todavía tiene secuelas, perceptibles, en el rostro de un joven de 36 años que aparenta más edad de la que tiene.

Pregunta.- Además de Noelia, ¿alguien más debería sentarse esta mañana en el banquillo?

Respuesta.- Los responsables de la Fundación Jiménez Díaz que permitieron que Noelia siguiera renovando cada año el contrato de formación en la clínica de La Concepción, aunque no cumpliera con sus obligaciones, entre ellas las guardias, por lo que podemos hablar claramente de falsedad documental. Pero sobre todo porque permitieron que Noelia tuviera en sus manos la salud de cientos de madrileños sabiendo que ella no estaba bien. En definitiva, lo que ocurrió no era algo inevitable.

P.- Pero el Ministerio Público no ha hallado indicios de delito en el caso.

R.- El fiscal está actuando con parcialidad y su única preocupación es proteger a unos señores muy poderosos. De hecho cuando desde la Fiscalía General del Estado se le ha hecho saber que, según el sumario, existían indicios de falsedad documental, se ha limitado a abrir diligencias contra Oscar Ramón Sabillón, el joven hondureño que le hacía las guardias a Noelia para sacarse un dinerillo que, además, acudió a declarar de forma voluntaria sobre lo que ocurría en La Concha con De Mingo.

P.- ¿A qué se debe el trato de favor con Noelia del que acusa a la dirección del hospital?

R.- A los estrechos vínculos de amistad que, desde hace décadas, existen entre las familias De Mingo Nieto y Jiménez Díaz. Ambas son de El Molar y tienen entre sus miembros a médicos y a políticos, todos ellos, casualmente, del Partido Popular. Son dos familias de mentalidad caciquil. Todo ello hacía que Noelia tuviera patente de corso, pese a su enfermedad.

P.- ¿Patente de corso?

R.- Una noche, antes de dejar de hacer guardias, Noelia tuvo un delirio y uno de sus superiores tuvo unas palabras con ella porque vio que no estaba bien. Días después, De Mingo se presentó con su madre en la Fundación Jiménez Díaz, y, de forma amenazante y retadora, le espetó: "A ver si se atreve delante de mi madre a decirme lo que me dijo el otro día". Imagínate qué ínfulas tenía su familia para hacer eso.

P.- ¿Cómo era la relación entre Leilah y Noelia?

R.- De Mingo no tenía amistades en el hospital. Era una persona hosca, que daba malas contestaciones. No se relacionaba con nadie.Comía sola. Su relación era meramente profesional.

P.- ¿La llegó usted a conocer en persona?

R.- Sí. Me la presentó Leilah y en pocos segundos me di cuenta de que algo no funcionaba bien en su cabeza. Estaba todo el rato como quitándose de la ropa motas y pelos que no tenía, de forma obsesiva compulsiva.

P.- Antes de los hechos, ¿llegaron a temer los compañeros de Noelia algo preocupante?

R.- Leilah y otra compañera, María Alcalde, tenían miedo. En el caso de mi novia, por los pacientes, sobre todo. Y el tema De Mingo era recurrente en las cenas o reuniones de compañeros fuera del trabajo. A María le escuché tres meses antes que había advertido a sus padres que, si alguna vez le pasaba algo en el hospital, sería porque Noelia la apuñalaría.

P.- ¿Ocurrió algún incidente entre Noelia y Leilah?

R.- Semanas antes hubo un suceso que la preocupó sobremanera.Leilah estaba escribiendo en el ordenador a solas y notó una presencia junto a ella. Elevó su mirada y vio por encima de ella la cabeza de Noelia que la miraba fijamente, en actitud acechante.

P.- ¿Los compañeros denunciaron esta situación?

R.- Por supuesto. Pero incluso, tres días antes de los hechos, el tutor de Noelia y el jefe del servicio de reumatología reunieron a médicos, enfermeras y secretarias y les dijeron que no tuvieran con ella una actitud policial.

P.- Tres años después y sabiendo lo de su enfermedad mental, ¿cuáles son sus sentimientos hacia Noelia de Mingo?

R.- Lógicamente siento ira, porque mató a mi mujer, pero creo que sobre todo siento pena por ella, al ver que a una persona en su estado se la mantuvo en servicio porque pertenecía a una familia donde, al parecer, la enfermedad mental es algo que haya que ocultar, como si fuera deshonroso.

P.- ¿Se podría decir, entonces, que Noelia de Mingo también es una víctima?

R.- Noelia es víctima de su propia familia. Sus padres se quedaron tan panchos cuando les llamaron desde el hospital para decirles que tenía ausencias injustificadas. Y no se preocuparon de llevar a su hija a un especialista cuando les dijo que en el hospital la grababan y colgaban fotos de ella desnuda en Internet.

P.- ¿En estos tres años se han puesto en contacto con los familiares y supervivientes para pedirles perdón personalmente?

R.- No, y tampoco tenemos interés. Dos días después de los asesinatos, tres familias destrozadas y otras siete jodidas y rezando a Dios para que sus heridos no murieran, tuvieron que escuchar cómo el señor Juan de Mingo, padre de Noelia, declaraba en una radio que su hija «era maravillosa, un ángel del señor, mandada del cielo». Y para más inri llegó a afirmar que su abogado está intentando solucionar todo de la mejor forma posible. ¿Se puede solucionar la muerte de tres personas? Qué poco valiosa es la vida de un ser humano.

P.- ¿Como era Leilah?

R.- Maravillosa. Cualquiera que la conociera sabía que con su muerte el mundo salió perdiendo. La conocí de cooperante en Guatemala: siempre con la sonrisa en los labios, los pacientes la querían por su generosidad. De hecho, murió porque trató de salvar a sus compañeras. Cuando Noelia comenzó a acuchillarlas pudo haber escapado de allí, pero no lo hizo.

P.- ¿Ha logrado rehacer su vida después de tanto tiempo?

R.- Me han ayudado mucho los psiquiatras y los psicólogos. Después de la muerte de Leilah, pasé un año y medio en blanco, como si me lo hubieran robado del calendario. No puedo recordar nada.Luego volví a trabajar. Ahora lo hago en el Teléfono de la Esperanza.Allí hago una labor que me llena mucho. Veo que puedo ayudar a otras personas.

P.- Con el juicio que hoy comienza en la Audiencia tendrá sentimientos encontrados.

R.- Es revivir otra vez todo lo que pasó. Esa es la condena que tenemos los familiares. Por un lado, queremos que acabe cuanto antes. Por otro, no lo olvidaremos mientras esos tipos [los responsables de la Fundación Jiménez Díaz] también paguen por lo que pasó.Mi verdad no es el 100% de lo que ocurrió, pero seguro que bastante.En cambio, su verdad no es más que una gigantesca mentira.

'Cumplió con su amenaza'

Fernando Alberca conserva todavía intacto el recuerdo de aquel 3 de abril de 2003 en el que su vida dio un giro de 180 grados: "Ese día, como siempre, Leilah se despertó antes que yo y me dio un beso antes de irse a trabajar. Por la tarde, mientras estaba comiendo con un amigo, la madre de mi novia me llamó y me dijo si había escuchado algo de una agresión en la clínica de La Concepción. Supe entonces inmediatamente que Noelia había cumplido su amenaza".

Rápidamente, Fernando trató de ponerse en contacto con Leilah El Ouaamari: "Lo intenté en el móvil, pero no lo cogía. Así que llamé directamente al hospital. Me cogió el teléfono su tutor y le pregunté: '¿Ha sido Noelia, verdad?'. Como respuesta recibí un escueto 'sí'. Mi siguiente pregunta fue: '¿Cómo está Leilah?' 'Muy grave', me dijeron".

En aquel momento el teléfono se le cayó de las manos. Fernando Alberca intuía, con certeza, que el amor de su vida había muerto tras un ataque brutal: "Lo adiviné porque conozco perfectamente los protocolos médicos que se practican con familiares y víctimas en estos casos".

29 feb 2012

Alyssa Bustamante


Alyssa Bustamante protagonizó un momento verdaderamente emotivo pocos minutos antes de saber que había sido condenada a cadena perpetua. Estaba en el tribunal del juez Pat Joyce en Jefferson City, Missouri (Estados Unidos) y se levantó de su silla para dirigirse a los padres de la niña de nueve años que ella misma había asesinado. La misma gente que al comienzo de su juicio la había tildado de "monstruo". Sobre el sonido de las cadenas que le ataban los brazos a la cintura y los tobillos, empezó a hablar.

"Estoy extremadamente... muy arrepentida de todo. Sé que las palabras...", aquí hizo una pausa para tomar aliento y recuperar las compostura. Entonces añadió "... no pueden ser suficientes y que no pueden describir lo terriblemente mal que me siento por todo esto. Si pudiera dar mi vida para devolverles [a su hija] lo haría. Lo siento".

Fue el momento más emotivo de un triste juicio por asesinato en el que se intentó esclarecer qué había ocurrido una fatídica noche de octubre de 2009. Cómo Alyssa, que entonces tenía 15 años, había cavado la tumba con días de antelación para enterrar en ella a Elizabeth Olten, una niña de nueve años que vivía cerca de St. Martins, un pueblo al oeste de Jefferson City.

Cómo la decidida asesina había usado a su hermana pequeña para que la niña fuera a su casa a jugar porque "tenía una sorpresa para ella" mientras escondía un cuchillo en su mochila. Cómo esa noche escribió en su diario: "Las he estrangulado y degollado y apuñalado y ahora están muertas. No sé cómo me siento ahora mismo. Ha sido increíble. En cuanto superas el momento de 'oh Dios mío, no puedo hacerlo', es bastante agradable. Estoy un poco nerviosa ahora mismo. Bueno, me tengo que ir a misa... jaja".

No fue a misa, sino a un baile en un centro de juventud de su iglesia mormona y no eran varias las víctimas, sino sólo una, Elizabeth. Mientras, cientos de voluntarios empezaban a buscar a la niña. Alyssa empezó mintiendo sobre el paradero de su víctima. Luego confesó a la policía y les indicó dónde estaba la tumba.

El caso no podía estar más claro. El abogado de Alyssa sólo pudo argumentar que la chica había nacido cuando sus padres eran unos adolescentes que consumían drogas y que su infancia había sido, cuanto menos, problemática. Su padre estaba en la cárcel y su madre las había abandonado a cargo de su abuela. Ella se había intentado suicidar en 2007 y desde entonces tomaba Prozac, el famoso antidepresivo. Pero esto no se sostuvo como prueba ante el tribunal que tuvo que juzgar el caso.

Ahora, a esta chica sólo le queda pasar el resto de su vida en prisión. El juez Joyce ha admitido la posibilidad de libertad condicional, pero sólo porque Alyssa había admitido ser la responsable del asesinato, por lo que se le rebajó a segundo grado. Quizás en la cárcel encuentre las palabras que se le escapaban ante el juez.

28 dic 2011

Dolly Oesterreich


Fred Oesterreich era un hombre grande que tenía un gran apetito y fumaba grandes cigarros. Eso era todo lo que Frank tenía grande. Era dueño de una próspera fábrica de delantales, por 1903, en Milwakee, Wisconsin. La esposa de Fred, Walburga, era una mujer bellísima, con una figura que podía despertar a un muerto. Los Oesterreich, simplemente, no se llevaban bien. Claro, habían estado casados 15 años, vivían en un hogar confortable y eran ricos. Pero había problemas. Ya hemos mencionado uno de los defectos de Fred. También bebía muchísimo, pasaba la mayor parte de su tiempo en la fábrica de delantales y, en general, dejaba a Walburga de lado. Un buen día Walburga estaba cosiendo algo en su máquina de coser cuando ésta se atoró. Fred envió a uno de los muchachos de la fábrica a reparar la máquina. Otto Sanhuber, 17 años, apareció. El pequeño Otto medía una pizca menos de un metro y medio, tenía una barbilla retraída, ojos caídos y sufría de un severo caso de acné. Casi todo el tiempo le goteaba la nariz. Quién sabe qué química aparece entre nosotros los mortales. Antes de que terminara el día Walburga estaba bien, y muy al tanto de que las deficiencias que sobraban a su marido, ciertamente, no aplicaban a Otto. En cuanto a Otto, él pensó que había muerto y había ido al cielo.

Walburga y Otto no se cansaban el uno del otro. Cuando Fred abandonaba la casa cada mañana Otto se metía a escondidas en la casa para hacer el amor con Walburga. Mientras hacía lo suyo, Otto compartía el abundante abastecimiento de licor y alimento. Durante tres años esta idílica, pero riesgosa situación continuó. Walburga no podía pensar en la vida sin Otto. Para aliviar sus temores se le ocurrió una idea bizarra. Walburga sugirió a Otto que se mudara a la casa y ocupara el ático. Ella lo decoraría según sus requerimientos particulares: una vela, la cual no podía verse a través de la lona de la ventana. Otto tendría la mejor comida, habanos, vinos añejos y, además, tanto sexo como deseara. La ubicación de la puerta al ático era más bien accidental, pero no por eso menos conveniente (en el cuarto principal, directamente encima de la cama). Otto se mudó. El arreglo demostró ser ideal para todos los propósitos, si no tomamos en cuenta a Fred. El confinamiento no era tan malo para Otto, ya que podía disponer de la casa siempre que Fred no estaba, lo que era bastante seguido. Para pasar el tiempo, cuando no estaba haciendo su especialidad, Otto escribía historias de aventuras. Walburga las escribía a máquina y las enviaba a las editoriales. Al principio de todo, Otto obtuvo a cambio de su trabajo un cajón lleno de cartas de rechazo. Pero perseveró y comenzó a recibir cheques de forma regular. Walburga le abrió una cuenta en el banco. Fred se volvió una molestia a medida que pasaban los años. Siempre se quejaba sobre las grandes cuentas de comida. Sus cigarros siempre desaparecían. Cuando se quejaba sobre el ruido proveniente del ático, y no aceptaba la explicación de Walburga sobre los ratones correteando por ahí, ella le sugería que buscara ayuda psiquiátrica. Fred pronto se volvió un asiduo visitante del diván. Como diversión, generalmente, volvía a la casa con la cabeza en llamas y le daba unos cuantos golpes a su esposa. Walburga era filosófica: Era un precio pequeño a pagar. 

En 1913 los Oesterreich se mudaron, pero Otto no fue molestado. Walburga se había asegurado de que su nuevo hogar tuviera un ático cómodo. Hubo momentos donde casi los pillan. Un día Fred regresó a su casa de forma inesperada y encontró a Otto revisando la nevera. Creyendo que había aprehendido a un ladrón, Fred echó a Otto de la casa. Nunca se dio cuenta que estaba maltratando al amante de su esposa. Dos horas más tarde Otto estaba comiendo una cazuela de pollo sumergido en el ático de la casa. La extraña vida de Otto, Walburga y Fred transcurrió felizmente durante varios años, justo hasta la noche del 22 de agosto de 1922. Esa noche Fred llegó a casa borracho. Comenzó a golpear a Walburga. Otto, que ahora era mucho más esposo de Walburga que su cónyuge legal, se puso furioso. 

El pequeño sujeto bajó corriendo de su escondite en el ático, cogió una pistola calibre 25 de un estante y de forma poco ceremoniosa ventiló a Fred con más hoyos que un queso suizo promedio. Walburga, una pensadora rápida, inmediatamente se hizo cargo. Cogió el caro reloj de diamantes de la muñeca de su esposo. 

Le dijo a Otto que regresara al ático. Luego se encerró en un armario y pasó la llave por debajo de la puerta dentro del cuarto donde su marido Fred yacía bien muerto. Un vecino, que había oído los tiros, llamó a la policía. Liberaron a la histérica Walburga del armario. Le dijo a la policía que ella y su marido habían llegado a la casa y habían sorprendido a un ladrón. Fred se resistió cuando el intruso trató de quitarle su reloj. El intruso disparó. Luego la metió en el ropero y lo cerró con llave. La policía tenía algunas sospechas, pero creyeron la historia de Walburga a regañadientes. Los bienes de Fred estaban valorados en casi un millón de dólares, pero había muchos detalles a ser aclarados antes de que el dinero pasara a manos de la viuda doliente. Walburga contrató a un abogado, Herman Shapiro. Durante una de sus visitas a la oficina de Shapiro le dio un regalo: un reloj de diamantes. Shapiro recordó que el reloj de diamantes había sido retirado de la muñeca de Fred. 

Cuando le mencionó esto a Walburga ella sonrió y dijo que se había equivocado. Dijo que había hallado el reloj debajo de un cojín en la sala y simplemente quería dárselo a Shapiro como regalo. Una coincidencia complicó a Walburga. Hacía un año de la muerte de Fred. El Detective Herman Cline, el oficial a cargo de la investigación original del asesinato de Fred, apareció para charlar con el abogado Shapiro. 

Se quedó atónito mientras observaba el reloj del hombre muerto descuidadamente dejado en el escritorio de Shapiro. Cuando le preguntó, Shapiro le relató la historia que Walburga le había contado. Cline corrió a la casa de Walburga y se llevó a la viuda en custodia. Walburga llamó a Shapiro por teléfono con instrucciones explícitas: “Sube a la gran habitación de mi casa. Golpea tres veces en la puerta del ático. Hay alguien allí (un medio hermano que es una especie de vagabundo). Dile que me he ido a Milwakee”. Shapiro hizo lo que le dijeron. Allí apareció Otto. 

Shapiro contactó a un abogado criminalista, quien sugirió que Otto se fuera de viaje fuera del país. Otto tomó aquellos dólares que había acumulado por sus historias y se fue a Vancouver.

Mientras tanto, de vuelta a la prisión de Los Angeles, la policía liberaba a la viuda. Pasaron siete años. Walburga vivió de la herencia de Fred hasta 1930. Ahí fue cuando el abogado Shapiro tuvo problemas financieros y decidió ir a la policía. Walburga y Otto, que habían regresado a Los Angeles, fueron arrestados e inculpados por el asesinato de Fred. Otto fue hallado culpable de asalto. Como habían pasado las limitaciones, de tres años, fue liberado. Ahora, con 44 años, el pequeño galán salió caminando de la corte sin nada. 

Había pasado en total 19 años en oscuros áticos. En el juicio de Walburga el jurado no se puso de acuerdo. También fue liberada. Walburga, de 63 años, abandonó la sala de la corte con muchísimo dinero y dulces recuerdos.

10 dic 2011

Susan Atkins



Esta mujer que ahora tiene más de 60 años, perteneció a lo que se le conoce como “La Familia Manson”

Charlie es Jesucristo. Yo maté a Sharon Tate”, le dijo Susan Atkins a su compañera de celda, Ronnie Howard. Susan había conocido a Charles Manson en una comunidad hippy. Su carisma y sus extravagantes ideas acerca de la redención y el fin del mundo debieron de parecerle irresistibles a esta californiana nacida en 1948, hija de padres alcohólicos y violentos, porque cayó rendida a sus pies y se manifestó dispuesta a formar parte de su extraña “familia”. Hasta entonces, la vida de Susan no había sido un camino de rosas. Más bien al contrario.

Se la ganaba bailando desnuda en clubes nocturnos. Manson apareció en el momento justo, como una revelación. Hablaba de sexo libre, drogas y rock & roll. Había cogido ideas de aquí y allá, sobre todo de la Biblia y de las filosofías orientales, y había tejido una doctrina de salvación.
Según ésta, “la familia” era la vanguardia de los 144.000 elegidos. El apocalipsis había llegado y el Juicio Final estaba a punto de comenzar. La población negra se disponía a aniquilar a la blanca. En el transcurso de esta guerra, él guiaría a sus elegidos hasta Agartha, el reino subterráneo en el que esperarían el momento para regresar como señores del mundo.

Con estos pájaros en la cabeza, Susan se marchó a vivir a una granja abandonada en el desértico Valle de la Muerte, en California. Aquel 9 de agosto de 1969, año del mítico festival de Woodstock, ella y otros tres “familiares” más recibieron órdenes precisas del profeta Manson. Debían ir a un domicilio de Beverly Hills, en el número 10.050 de Cielo Drive, con cuchillos y un revólver, y matar a sus habitantes.

Dicho y hecho. Nadie salió vivo de allí. Ni siquiera la actriz Sharon Tate, esposa del director Roman Polanski y embarazada de ocho meses. Pasaron por alto este detalle. O mejor dicho, lo aprovecharon para liberar su rabia. Cogieron el cuchillo, le asestaron hasta 17 puñaladas, que entre otras atrocidades le seccionaron los pechos, y dejaron que muriera desangrada. Cuanto más lloraba y suplicaba Sharon, más adrelina corría por las venas de los asesinos. Pero la barbarie no terminó: la mujer apareció colgada de una soga.

Susan Atkins declararía más tarde: “Yo maté a la perra mientras me suplicaba por su vida y la de su bebé. La maté porque estaba harta de oír cómo gritaba”. En la pared se podía leer la palabra “cerdos” escrita con la sangre de la víctima. Al lado, el título de una canción de Los Beatles, “Helter skelter”, que Manson había reinterpretado a su antojo. “Helter skelter” no era más que un tobogán en espiral típico de los parques británicos.

Pero en la cabeza de Manson, se convirtió en el holocausto que se avecinaba. Todos corrieron la misma suerte en la mansión de la colina de Bel Air: Jay Sebring, el peluquero de las estrellas, de 34 años, recibió un balazo y siete puñaladas; la millonaria Abigail Folger, de 25 años, murió a causa de 28 cuchilladas; en el cuerpo de su novio, Voytek Frykowski, de 32 años, se contabilizaron 51 puñaladas y dos disparos; y Steven Parent, un amigo del jardinero, fue asesinado por cuatro balazos.

La masacre fue la noticia de aquel verano. Se dijo que alguna secta satánica se había vengado de Polanski, que estaba de viaje por Europa, por el éxito de “La semilla del diablo”. Pero detrás se escondía un motivo mucho más prosaico. Al parecer, Manson, que tenía ínfulas artísticas, soñaba con un contrato que Terry Melcher, hijo de la actriz Doris Day y dueño de la mansión, le había negado.

Para Susan no había sido la primera vez. Junto a otro miembro del clan, Robert Beausoleil, había acuchillado al productor musical Gary Hinman el 31 de julio del mismo año. Tampoco iba a ser su último crimen. Un día después de la matanza de Cielo Drive, mataron a una pareja de comerciantes, Leno y Rosemary La Bianca. Volvieron a escribir en la pared “muerte a los cerdos” y el título de la canción de McCartney. Susan fue detenida por el asesinato de Gary Hinman. Su papel en la masacre había pasado desapercibida. Tal vez por eso se mostró tan confiada. Y un día, le contó toda la verdad a su compañera de celda, que la vendió a la policía a cambio de un trato de favor.

En diciembre de 1969 se dio el caso por cerrado. Se desarticuló “la familia”, de la que formaban parte 19 personas de clase media, cinco de ellas dispuestas a matar. Se alimentaban de los desechos de los supermercados, tenían armas y drogas, eran aficionados a las orgías y creían que el fin del mundo estaba a la vuelta de la esquina. Cayó también el cerebro de la banda, el endiablado Charles Manson, que, curiosamente, no había manchado sus manos de sangre. Sin embargo, el testimonio de Susan Atkins, que se avino a colaborar con la policía, bastó para implicarle. El juicio fue un fenómeno mediático. Se condenó a muerte a Manson, Atkins y otros integrantes del grupo. Pero no fueron ejecutados porque en 1972 se abolió la pena capital en California. La sentencia fue conmutada por cadena perpetua. Cuatro años más tarde, otra miembro de “la familia”, Lynette Fromme, intentó asesinar al presidente Gerald R. Ford. Seguía creyendo en el fin del mundo y la salvación necesaria.

En aquel momento no se descubrió por qué habían cometido semejante atrocidad. Sólo se sabía que Manson había estado en aquella casa, al menos, en dos ocasiones. Y, durante un tiempo, la sombra del diablo siguió planeando sobre el caso. Se supo que Polanski había contactado con Anton Szandor LaVey, fundador de la Iglesia de Satán, para el rodaje de su película, y que había revelado algunos secretos suyos.

Pero la verdad estaba aún por llegar. La actriz Melody Patterson, que había pertenecido a “la familia” durante un tiempo, reveló que el nudo de la madeja era, en realidad, el peluquero Jay Sebring: “Yo sabía que era un pervertido sexual. En el subsuelo de su casa, en Beverly Hills, había una sala con todos los refinamientos de un sádico. En Hollywood, muchas chicas estaban al corriente de sus gustos”.

A Patterson no le costó relacionar el asesinato de Tate y compañía con el del matrimonio La Bianca: eran los padrinos de Jay. Un amigo le dio más pistas: tres días antes de su muerte, Jay se había cruzado con dos chicas drogadas a las que se había llevado a casa. En su refugio, las había sometido a todo tipo de vejaciones sexuales. Eran Patricia Kerwinkel y Leslie Van Houten, dos miembros del clan Manson. Lo demás es historia.

1 dic 2011

Rebecca Chandler y Larrabee Raven


Dos mujeres fueron arrestadas en Milwaukee, después de que un joven de 18 años le dijera a la Policía que fue atado y apuñalado cientos de veces en un encuentro sexual que “se salió de las manos”.

El hombre dijo a la Policía que había conocido a una de las mujeres en internet y había viajado a Milwaukee desde Phoenix, Arizona, para verla.

Entonces ella y su compañera de cuarto lo mantuvieron en su apartamento dos días y lo cortaron más de 300 veces, dice una declaración jurada firmada por el detective de la Policía, Michael Walisiciwicz, en el Condado de Milwaukee, reportó msnbc.com .

De acuerdo con la televisora, ambas mujeres, Rebecca Chandler y Larrabee Raven, se encontraban detenidas en la Cárcel del Condado de Milwaukee con una fianza de $ 150,000; y no se les habían presentado cargos.

De acuerdo con el reporte, cuando la Policía llegó al apartamento, Chandler, de 22 años, se les acercó y les dijo: “creo que está aquí buscándome”, según la declaración jurada.

Chandler dijo que ella y el hombre estaban teniendo relaciones sexuales, que incluía cortadas, y que el acto fue consentido, pero se les fue de las manos.

Chandler dijo a la Policía que su compañera de cuarto, a quien llamó “Scarlett”, hizo la mayor parte de las cortadas y que era posible que estuviera “participando en actividades satánicas o de ocultismo”, según la declaración. La compañera de cuarto fue identificada como Larrabee, de 20 años.

El hombre sufrió heridas en la espalda, cara, brazos, piernas y cuello y fue trasladado al Hospital de Froedtert en Wauwatosa.

En el apartamento de Chandler y Larrabee, la Policía encontró cuchillos, cinta adhesiva, cuerda, ensangrentada y “libros o literatura relacionada con el satanismo o el ocultismo”, incluyendo una copia de un libro de rituales nigrománticos titulado “Guía para la vida del hombre lobo “, indica la declaración jurada.