28 jul 2011
Marybeth Tinning
15 jul 2011
Helen Golay y Olga Rutterschmidt
11 jul 2011
Junko Ogata

6 jul 2011
Wanda Jean Allen
15 de enero, 2001
20 jun 2011
Estíbaliz Carranza

Así lo reconoció en entrevista con EL UNIVERSAL la cónsul de México en Italia, Rita Vargas, quien se desplazó el miércoles a la cárcel femenina de Trieste, al norte de Italia, para ofrecerle protección y asistencia consular, tal y como establece la ley.
Vargas relató que el encuentro con Estíbaliz duró unos 30 minutos y que la joven en términos generales “tenía buen aspecto”, aunque le reconoció estar muy deprimida. La diplomática mexicana contó que la reunión se llevó a cabo en una oficina especial y que Carranza llevaba un jersey blanco y rosa. Sobre su embarazo, tiene dos meses, comentó que “no se le nota”.
Carranza, que tiene la doble nacionalidad mexicana y española, prefirió acogerse a la jurisdicción española puesto que está en territorio europeo. Por eso, es la embajada española en Italia la que se está haciendo cargo de ella. Emilio Fernández Castaño, cónsul de España en Roma, confirmó que se han puesto en contacto con ella, pero que no necesita ayuda consular. La detenida ya tiene un abogado austriaco, otro italiano y otro alemán.
Estíbaliz Carranza, de 32 años, hija de un escritor mexicano de temas esotéricos y de madre alavesa, tenía una heladería a las afueras de Viena.
Un día unos obreros que realizaban obras de albañilería en una peluquería colindante con su heladería entraron en el sótano de ésta para acceder al desagüe del edificio.
Allí encontraron los restos de dos cadáveres descuartizados metidos en dos heladeras cubiertas de cemento, dos rifles con mira telescópica, una bolsa de mujer con una pistola y una libreta con anotaciones en castellano.
Al día siguiente, cuando Estíbaliz fue a su negocio y uno de los clientes le contó el hallazgo y le dijo que la policía estaba investigando, la joven huyó en taxi desde Viena hasta un hotel de un pueblo del noreste de Italia, Cavazzo Carnico. De allí fue en tren hasta Udine, donde la albergó un músico callejero que conocía. Pero el músico, al ver que ella buscaba páginas en internet sobre los dos cuerpos descuartizados, avisó a la policía, que ya había emitido una orden de detención con fines de extradición por “sospechosa de asesinato”.
Finalmente Carranza fue detenida y, según la policía, durante el interrogatorio justificó sus actos por las “relaciones difíciles” con ambos hombres, que le causaban “accesos de furia”.
Dijo que actuó motivada por “problemas familiares”, ya que había sufrido maltratos físicos y psicológicos por parte de las víctimas.
La semana pasada, el ministerio de Justicia austriaco envió la solicitud de extradición y es posible que Estíbaliz Carranza sea extraditada en las próximas horas.
La vista se celebrará hoy en Viena, pero sus abogados, Arthur Machac y Heinz-Dietmar Schimanko, ya han anunciado que declararán ilegal las confesión de su cliente, porque se hizo sin la presencia de un abogado, y que actuarán judicialmente contra varios medios de comunicación austriacos por el trato que han dado al caso, así como por haber condenado de antemano a la detenida, a la que llaman La baronesa de hielo y La bruja de la muerte.
“Los derechos de nuestra cliente están siendo gravemente violados”, lamentaron Machac y Schimanko ante los medios en la capital austriaca.
“Hay una cacería de brujas sin igual y se la llama Lady Asesina y se dice que entierra en cemento a sus amantes cuando apenas han comenzado las investigaciones policiales”. Los letrados reconocieron que la sentencia podría oscilar en entre 20 años y cadena perpetua, aunque sólo cumpliría 15, ya que ésa es la pena máxima en Austria.
La madre de Estíbaliz Carranza ha viajado a Trieste y pudo visitar a su hija, pero al novio de la joven no se le permitió la entrada.
Por su parte, el padre de Estíbaliz, mexicano de 71 años, sicólogo, periodista y escritor desde hace más de cuatro décadas, viajará dentro de unos días junto con uno de los hijos.
Ambos padres residen en España, donde la joven vivió desde que con cinco años abandonó México y hasta hace seis en que se trasladó a Viena.
17 jun 2011
Ana María Morou
No hay ninguna foto de Ana María Morou, condenada a 9 años de carcel, saliendo 7 años después.
En 1998, Ana María Morou fue acusada de asesinar a su marido prendiéndolo fuego tras rociarlo con alcohol. La Policía detuvo a Ana María Morou, de 55 años, en su departamento de Federico Lacroze al 2200, en Buenos Aires, Argentina. Seguía viviendo en el mismo lugar donde su marido, Miguel Angel Celcio, que se movilizaba en una silla de ruedas, fue calcinado el 6 de junio de 1997.
La mujer se sorprendió por la detención. Se vé que como pasó un año pensaba que ya no iba a pasar nada, dijo a Clarín uno de los policías que investigaron el caso.Morou trabajaba en la escuela técnica Mariquita Sánchez de Thompson, del barrio donde está su casa. Desde la muerte de su marido tenía licencia por recomendación psiquiátrica.
Mala relación Según surgió de la investigación del caso, la mujer habría matado a su marido después de mantener con él una fuerte discusión.Pudimos comprobar que la relación de la pareja era muy mala desde hacía bastante tiempo, dijo una fuente policial.Para los investigadores, la mujer, en medio de los gritos, le arrojó encima a su marido una botella de alcohol, y después le prendió fuego con un fósforo. Celcio no pudo defenderse: tenía mal de Parkinson y se desplazaba en una silla de ruedas porque no podía mover una pierna.Por el fuego sufrió graves quemaduras y fue internado en un sanatorio. Murió tres días después.Cuando declaró ante la Policía, la esposa de la víctima dijo que se había tratado de un accidente. Aseguró que un cortocircuito en el cable de un equipo de audio había provocado un incendio que alcanzó a su marido.
Los investigadores, en un principio, aceptaron la explicación de la mujer. Pero un tiempo después un hijo de la pareja fue a ver al juez de la causa para decirle que sospechaba que su padre había sido asesinado.En ese momento comenzó una investigación que avanzó con paso lento.
El juez dio intervención a la división Homicidios de la Policía Federal, que ayer detuvo a la mujer.IndiciosSegún explicaron fuentes de la investigación, hubo varios indicios que fueron inclinando las sospechas hacia Morou. Uno de ellos fue la pésima relación que tenía con su marido.Las pericias que se hicieron en el departamento arrojaron un dato clave: el cable del equipo de música que según la mujer había entrado en cortocircuito, en realidad se había quemado desde afuera hacia adentro. Eso quiere decir que el fuego no salió del mismo cable, sino de otro sector del departamento.Y hubo un elemento más. Al analizar los llamados que Morou hizo el día del crimen, los investigadores pudieron establecer que la mujer había llamado a la ambulancia recién una hora después de que su marido había resultado gravemente herido por el fuego.Con todos esos elementos en la causa, el juez ordenó la detención de Morou, que hoy podría ser indagada como imputada por el asesinato de su esposo.
13 jun 2011
Sabine Radmacher: "La Asesina de Lörrach"

Lynette “Squeaky” Fromme y Sara Jane Moore


1975, Sacramento, California (Estados Unidos): Lynette “Squeaky” Fromme, una acosadora de celebridades que forma parte de “La Familia”, el grupo de seguidores de Charles Manson, intenta matar al presidente Gerald Ford el 5 de septiembre. Para ello apunta con una pistola contra él durante un evento público; va vestida de monja con un hábito rojo. Sin embargo, aunque la pistola está abastecida, no se encuentra cargada. Es detenida de inmediato por agentes del Servicio Secreto. Se le sentencia a prisión perpetua. Diecisiete días después, el 22 de septiembre, Sara Jane Moore lo intenta también: apunta contra Ford y dispara, pero la intervención de un ex marine, quien le golpea el brazo, provoca que falle el disparo. Es detenida, juzgada y condenada a prisión perpetua. Se escapa de la cárcel en 1979, es recapturada y finalmente se le libera en 2008.
Charlotte Corday

1793, París (Francia): Charlotte Corday asesina a cuchilladas al activista, periodista y político Jean-Paul Marat, mientras toma un baño de tina en su domicilio. Por esta acción, cientos de adversarios de los jacobinos son ejecutados. Corday es juzgada y sentenciada a muerte. Se le guillotina poco después.
Teresa Lewis

Teresa Lewis se encontraba en el corredor de la muerte desde 2003, cuando se declaró culpable de haber ordenado a dos hombres, uno de ellos su amante, que asesinaran a su marido y su hijastro.
Teresa Lewis se convirtió en la primera mujer ejecutada en Estados Unidos desde 2005, tras recibir una inyección letal en la prisión de Greensville, en Virginia, donde ninguna mujer había sido condenada a muerte desde 1912.
Una intensa campaña que pedía clemencia por la supuesta discapacidad intelectual de la presa no logró impedir que las autoridades del centro correccional aplicaran la inyección letal a Lewis, la duodécima mujer ejecutada en el país desde que se restauró la pena de muerte, en 1976.
Lewis, de 41 años, fue ejecutada como estaba previsto, tras pasar su último día en una celda sin ventanas, vigilada exclusivamente por mujeres, y reunirse con sus abogados, su hijo, su hija y su nieto de un año.
Una cena alta en calorías, compuesta por dos pechugas de pollo frito, guisantes con mantequilla, soda "Dr. Pepper" y tarta de chocolate alemana o pastel de manzana, fue su última voluntad, según los funcionarios de la prisión.
Lewis se encontraba en el corredor de la muerte desde 2003, cuando se declaró culpable de haber ordenado a dos hombres, uno de ellos su amante, que asesinaran a su marido y su hijastro, Julian y Charles Lewis, en 2002.
Sus abogados mantuvieron hasta el último momento que su coeficiente intelectual, de 72, rozaba el límite legal del retraso mental, situado en 70, lo que le impedía planear una estrategia asesina y la convertía en víctima de la manipulación de uno de los autores materiales del crimen.
Las casi 4.000 peticiones de indulto que llegaron en los últimos meses a la oficina del gobernador de Virginia, Robert McDonnell, procedentes en su mayoría de grupos de salud mental, pero también de representantes de la Unión Europea e incluso del escritor John Grisham, no impidieron que el político rechazara revisar su condena.
Tampoco pudieron convencer a los miembros del Tribunal Supremo, que el martes desecharon una apelación para que se le conmutara la sentencia por la de cadena perpetua, el último recurso de los abogados de Lewis.
Pese a que los dos hombres que cometieron los asesinatos obtuvieron la cadena perpetua, la acusación consideró que fue ella quien planeó el crimen a sangre fría y con el objetivo de quedarse con el dinero del seguro de vida de sus familiares, por lo que merecía una sentencia más severa que la de sus cómplices.
"Teresa Lewis es la persona más malvada que he conocido", aseguró a la prensa local David Grimes, fiscal del condado de Pittsylvania. "No encontrarás a nadie que la conociera antes de los hechos y que pensara que era retrasada mental o que podía serlo".
Su abogado, James Roncap, insistió esta semana en que uno de los cómplices de la acusada había reconocido que la convenció de que había que asesinar a su marido, y que Lewis padecía un trastorno de personalidad que la hacía dependiente.
Lewis, que repitió a los medios que lamenta profundamente sus crímenes, se convirtió en los últimos años en consejera para otras mujeres en la prisión de Fluvanna, donde estuvo recluida hasta el sábado.
Esta mañana, Lewis explicó a la emisora de televisión local WTVR que se encontraba reconfortada por su fe y por el canto de himnos religiosos.
"Tengo la esperanza de que algo cambiará. Pero si he de ir junto a Jesús, sé que será lo mejor", declaró.
En Virginia, el estado que cuenta con más ejecuciones después de Texas, ninguna mujer había sido ejecutada hasta hoy desde que Virginia Christian, una sirvienta negra de 17 años que había matado a su patrona, murió electrocutada en 1912.
Casi un siglo después, los métodos han cambiado, pero 52 mujeres siguen esperando la fecha de su ejecución en Estados Unidos, donde hay alrededor de 3.260 presos en el corredor de la muerte.
Styllou Christofi, La Suegra Asesina

En 1942, Stavros Christofi, el hijo único de Styllou, tomó una decisión definitiva: dejando atrás la pobreza y el estilo feudal de vida de la isla, optó por dirigirse a Londres, en ese entonces ensombrecido por la Segunda Guerra Mundial. Se trasladó en primer lugar a Nicosia, la capital de Chipre, donde trabajó como camarero para ahorrar el dinero suficiente que le permitiera pagarse el pasaje del barco. Stavros huía no sólo de los ásperos rigores de la vida campesina, sino de las agobiantes tensiones de una vida familiar dominada por la torva personalidad de su madre. El asesinato de su abuela a manos de ella había destrozado el matrimonio de sus padres.
El joven prosperó en Londres, donde enseguida consiguió un buen empleo en el Café de París. Conoció a una joven alemana llamada Hella, quien trabajaba en una tienda de modas, de quien se enamoró. Tras un breve noviazgo, se casaron y tuvieron tres hijos. Ocupaban una vivienda modesta en un cómodo barrio londinense, cerca de Hampstead Heath. De esta forma, rompió con la tradición de la isla al contraer matrimonio con una mujer que no era griega y al orientar su vida lejos de la comunidad grecochipriota londinense, dedicada fundamentalmente a la industria de la alimentación y a la del vestido. Chipre y su secular conflicto entre griegos y turcos, siempre a punto de ignición, parecía estar a millones de kilómetros de distancia; a los ingleses les preocupaban más los nazis. Entonces, como un fantasma que surgiera del pasado, Styllou llegó a Inglaterra. Stavros no podía negarse a acoger a su madre en su hogar. Después de todo, ella no conocía a sus nietos ni a su nuera y él era hijo único. Aunque tenía cincuenta y tres años, Styllou aparentaba setenta.
El plan era que Styllou se quedara con ellos hasta encontrar un trabajo que le permitiera ahorrar algún dinero para comprarse un terreno en Chipre. Los agotados olivos del pueblo eran improductivos. La vida consistía en una lucha encarnizada por la supervivencia y su segundo marido era un inútil, incapaz de procurar el sustento de su mujer y de sí mismo. Stavros y Hella se esforzaron en hacerle agradable la estancia, pero la suerte actuaba en contra de la pareja. Después de la alegría inicial por ver a Stavros y a los niños, Styllou empezó a mostrar un patente resentimiento en contra de Hella, culpándola de sus problemas de comunicación al no saber hablar inglés correctamente, y de las frustraciones de la vida en la gran ciudad. Para una persona como Styllou, el complejo y liberal estilo de vida de aquel suburbio del opulento Londres resultaba un misterio constante. Estaba acostumbrada a resolver los problemas por la acción directa. Hella representaba un obstáculo entre ella y el apoyo y afecto naturales de su único hijo. Según su código, aquello era un crimen subrayado por la tozudez de una nuera que trataba de rebajar su autoridad matriarcal. Empezaron a aflorar sus celos y el resentimiento que sentía hacia Hella. No estaba de acuerdo con nada de lo que la inglesa hacía. Odiaba la casa, le molestaba el aspecto moderno de su nuera y consideraba que estaba malcriando a los niños al negarse a golpearlos para corregirlos. Hella aparecía ahora como un obstáculo entre Styllou y la vida de felicidad y confort que podría compartir con su hijo. La idea de tener que volver al pueblo con su marido acendraba aún más aquel sentimiento. Muchas mujeres griegas, y también sus maridos, trabajaban en el extranjero durante muchos años con objeto de ahorrar dinero o conseguir una jubilación que les permitiera una vejez tranquila en su pueblo natal. Este era uno de los propósitos de Styllou Christofi cuando se trasladó a Londres. Como era tradicional, se daba por supuesto que Stavros se encargaría de mantener a su madre cuando se hiciera vieja. Sin embargo, no parecía tener la intención de volver a su desolada aldea chipriota. Styllou se dio cuenta de que Stavros y su mujer habían optado por una vida acorde con los valores modernos y a ella no le quedaba más solución que volver a su pobreza con las manos vacías. Styllou regresaría de su exilio voluntario sin nada positivo; la humillación que sentía ante su situación contribuyó a aquel odio violento dirigido contra su nuera Hella. Styllou era una mujer pendenciera que soltaba improperios en griego a su hijo y a su nuera. Maldecía, insultaba, vociferaba y hacía la vida imposible en aquella reducida vivienda. En vista de su desaforado proceder, Stavros trató en dos ocasiones de buscarle otros alojamientos, pero la expulsaron de ellos a causa de sus intemperancias. Su nuera, finalmente, planteó un ultimátum. Dijo a su marido que se marcharía con los niños para pasar unas vacaciones con su familia en Alemania. A su vuelta, Styllou tendría que haber regresado a Chipre.
El miércoles 28 de julio de 1954 Stavros se fue a trabajar; los niños estaban en la cama. Cuando las dos mujeres se quedaron solas en la cocina, Styllou aprovechó la ocasión. A causa de una vida de duro trabajo físico a sus espaldas, Styllou era una mujer forzuda, fuerza multiplicada por el odio feroz que sentía hacia Hella. Primero derribó a su desprevenida nuera con el pesado recogedor de la ceniza de la cocina, que era de fierro fundido. Y la golpeó de nuevo, insistiendo una y otra vez en su acción. A fuerza de golpes consiguió someterla, al tiempo que profería insultos en su contra. Los gritos de dolor de Hella no la conmovieron. Le fracturó la base del cráneo, le desgarró la oreja derecha y le arrancó una parte del cuero cabelludo. Después de dejarla inconsciente a base de golpes, Styllou la remató rodeándole el cuello con una pañoleta y apretando con tal furia, que posteriormente, y con objeto de disimular la causa real de la muerte, tuvo que cortarlo para poderlo retirar del cuello de su nuera, ya que se había incrustado en la carne hasta cortarla y quedarse allí. Acto seguido, Styllou intentó quemar el cuerpo con papeles y petróleo. Sin embargo, un cuerpo humano no arde fácilmente, y la parafina y los papeles no eran adecuados para semejante tarea. En el transcurso de sus siniestros esfuerzos, Styllou vio la alianza de boda de Hella. O bien porque simbolizaba el poder de la mujer sobre su hijo, o porque su naturaleza campesina no toleraba la pérdida de algo valioso, Styllou sacó la alianza del dedo de su nuera y la escondió en su habitación tras un adorno, envuelta en un papel.
A las 23:45 horas, un vecino llamado John Young advirtió el olor y el resplandor procedentes de un incendio en el patio de South Hill Park. Las llamaradas surgían a un par de casas de su vivienda, así que decidió echar un vistazo para asegurarse de que no había peligro de que el fuego se extendiera. Mirando por encima de la valla se encontró con el espectáculo de un torso femenino que yacía sobre una fogata de periódicos. Lo primero que se figuró fue que alguien estaba tratando de quemar el maniquí de algún escaparate. “Pude ver desde los muslos hasta abajo. Tenía doblados los codos, tal y como se los ponen a los maniquíes de los escaparates, y desprendía un penetrante olor a cera”, declaró a la policía. John Young sabía que la vivienda que daba al patio estaba ocupada por los Christofi. Como continuaba mirando por encima de la valla, John Young pudo ver a Styllou salir al patio por el ventanal y agacharse para atizar el fuego. John se volvió a casa tranquilizado por la creencia de que la vieja señora Christofi estaba quemando basura y no había por lo tanto peligro de incendio.
Una hora después, Styllou Christofi salió corriendo a la calle gritando y agitando los brazos. Un tal señor Burstoff, que llevaba a su mujer a casa después de cerrar su restaurante, tuvo que frenar de golpe para no atropellar a la mujer. En un inglés difícilmente comprensible chillaba: “¡Venga, por favor! ¡Fuego ardiendo! ¡Niños durmiendo!” Los Burstoff salieron del coche apresuradamente e intentaron calmar a la mujer acompañándola a cruzar la verja y atravesar el patio. Cuando entraron en la casa ya no salían llamas del rescoldo humeante. Sin embargo, el señor Burstoff no se hacía muchas ilusiones sobre el cuerpo achicharrado, semejante a un maniquí abandonado. Encontró el teléfono y llamó a la policía. Llegaron a la casa al mismo tiempo que el fatigado Stavros regresaba del trabajo. Las primeras informaciones de la prensa, aparecidas el viernes 30 de julio, describían cómo la anciana señora Christofi había descubierto el cuerpo de su nuera. Erróneamente atribuían a Styllou la edad de setenta años. “¡Tragedia Griega!”, cabeceaban los diarios. Averiguaron también que un vecino ciego de setenta y cinco años aseguraba que en una ocasión oyó a dos individuos hablando en voz baja en el jardín de los Christofi a eso de la medianoche. Pero ese mismo día, la policía acusó a Styllou Christofi del asesinato de su nuera, Hella Christofi, de treinta y seis años. Tuvieron que repetir la acusación en griego. A través de un intérprete, la mujer dio una entrecortada explicación del olor a gasolina que invadía el patio y el interior de la casa. “Yo no usé ningún petróleo, pero unos días antes se derramó un poco por el suelo. Yo no hice caso. Seguramente al pisarlo se extendió el olor. No sé nada más sobre esta historia”, afirmó. La autopsia demostró que Hella Christofi había sufrido una feroz agresión. No sólo tenía fracturado el cráneo a causa de un golpe brutal con un objeto pesado, sino que la infortunada joven había fallecido por asfixia, estrangulada. Las quemaduras del cuerpo habían sido producidas después de su muerte como resultado del intento burdo, aunque calculado, por incinerarla para hacer desaparecer las huellas del crimen. Los periódicos cabecearon ahora: "¡La Suegra Asesina!".
El juicio comenzó el 25 de octubre de 1954 en el Tribunal Criminal de Londres. Cuando le leyeron los cargos, Styllou Christofi sacudió enérgicamente la cabeza al tiempo que exclamaba: “¡No!” Fue una de sus escasas declaraciones en inglés. Su abogado la amplió, alegando: “Me declaro inocente y me reservo mi defensa”. Un alegato inicial de locura podría haber solucionado rápidamente el caso. La exposición de su pasado de violencia en Chipre, la muerte sádica de su suegra, el relato comprobado de sus explosiones de cólera en el piso de Hampstead, así como su truculento carácter “de extranjera”, habrían sido factores decisivos. Sin embargo, Styllou reaccionó agraviada ante la simple mención de una enfermedad mental. “Soy una pobre mujer sin educación, pero no estoy loca. Jamás, jamás, jamás”. La versión de los sucesos de aquella noche fatal del 28 de julio que el defensor presentó al tribunal sonaba muy falsa. Styllou declaró que se había ido a la cama antes que su nuera, que aún estaba lavándose. La despertó el olor del humo, se levantó y vio abierta la puerta de la calle. Entonces fue a buscar a Hella, pero no estaba en su cuarto. Se precipitó escaleras abajo y, a través de la puerta de la cocina, vio fuego en el patio. El cuerpo de su nuera yacía entre las llamas con el rostro cubierto de sangre. Styllou declaró que intentó reavivar a Hella rociándola con agua. Entonces se lanzó a la calle y detuvo el coche de los Burstoff. La acusada insistió obstinadamente en su increíble historia durante todo el juicio, a pesar de que todas las pruebas actuaban en su contra. Durante la investigación preliminar, el director del Laboratorio de la Policía Metropolitana de Scotland Yard declaró que había huellas patentes de los intentos de limpiar grandes manchas de sangre en la cocina de la vivienda. Las patas de la mesa y el linóleo del suelo mostraban rastros de sangre humana, aunque habían tratado de hacerlas desaparecer.
El segundo día del juicio propiamente dicho, en octubre de 1954, el jurado en pleno, a petición del abogado de la defensa, se trasladó en autobús a Hampstead para visitar la escena del crimen durante la noche. Sin embargo, este intento destinado a contradecir la declaración de John Young no obtuvo resultado. Las pruebas materiales, especialmente el anillo de boda de Hella escondido debajo de un adorno del dormitorio de Styllou, pusieron en un aprieto a la defensa cuando la acusación expuso su versión de los hechos acaecidos en aquella fatídica noche del 28 de julio. Styllou declaró que el anillo de bodas lo había encontrado en la escalera y lo había guardado creyendo que era un arillo de cortina. Durante el juicio, su hijo Stavros, a preguntas de la acusación, manifestó que el anillo le quedaba muy ajustado a su esposa y que no se le podía haber deslizado del dedo accidentalmente. El 29 de octubre, exactamente a los cuatro días de iniciarse el juicio, el jurado se retiró a deliberar. Al cabo de dos horas emitió su veredicto, según el cual declaraba a Styllou Christofi culpable del asesinato de su nuera Hella. Fue sentenciada a morir en la horca. El 30 de noviembre el Tribunal de Apelación de lo Penal denegó el recurso contra la sentencia. En el último momento, un grupo de miembros antihorca del Parlamento intentaron convencer al Ministerio del Interior para que impidiera la ejecución, basándose en la enfermedad mental de la acusada. Este intento fracasó.
El miércoles 15 de diciembre de 1954, Styllou Christofi murió ahorcada en la prisión de Holloway. Christofi fue la primera mujer ejecutada en Gran Bretaña en treinta años. Fue también la penúltima, sucedida por Ruth Ellis, ejecutada seis meses después. Por una siniestra casualidad, Ruth Ellis mató a su amante en la misma calle de Hampstead donde Styllou Christofi asesinó a su nuera. Las pruebas del caso Christofi indicaban que el acto había sido cometido espontáneamente, sin que mediara un plan previamente estudiado. El arma asesina era el primer instrumento al alcance de la mano de Styllou en el momento en que se le presentó la oportunidad del crimen. Las huellas de sangre halladas en el pesado recogedor de hierro que usaban para sacar la ceniza de la estufa probaron que fue el arma del crimen. Se suponía que la víctima llevaba puesto al cuello el pañuelo empleado para estrangularla. Los métodos que empleó Christofi para ocultar sus huellas rozaban el límite de la estupidez. La agresión inicial había dejado la cocina cubierta con la sangre de Hella. Los intentos de fregarla resultaron infructuosos; la investigación policial descubrió rastros de sangre en las patas de la mesa de la cocina y el linóleo. Styllou tuvo que cortar el pañuelo con el que había estrangulado a Hella, pero lo dejó a la vista. Y fue patético su fallido intento de ocultar las consecuencias de su crimen tratando de quemar el cuerpo de su nuera. Styllou regó el lugar con petróleo. El olor invadía toda la casa, el mismo olor a cera que detectó John Young, el primer testigo. La prueba del anillo de boda tan torpemente escondido se añadía a las demás y apuntaba a un crimen cometido impulsivamente. Este dato podía ser el fundamento de un alegato de locura, pero el extraviado orgullo campesino de la acusada negándose a presentarlo fue la causa de su última y fatal actuación. Las abrumadoras pruebas de culpabilidad presentadas en el juicio le aseguraron un lugar en la historia como la última, aunque no la única, mujer ahorcada en Inglaterra.
En el juicio y ejecución de Styllou Christofi hubo dos asuntos políticos que pudieron influir en el resultado. El primero fue su nacionalidad: era chipriota y el Caso Christofi coincidió con el comienzo de un resurgimiento del nacionalismo en Chipre que rápidamente condujo a una sangrienta guerra civil, a la intervención de las tropas británicas y, por último, a la independencia de la isla. Al tiempo que se acercaba el final del mandato de Winston Churchill, los días de poder del imperio estaban contados. La década siguiente sería testigo de su hundimiento y el alzamiento chipriota de 1950 fue el aviso de la tormenta que se avecinaba. Durante la vista preliminar del caso Christofi, los grecochipriotas emprendieron violentas acciones en contra del poderío colonial, luchando por la Enosis, la unión con Grecia.
El día 28 de agosto, The Times informaba que un grupo de oficiales griegos del destacamento de tierra se dirigía a Atenas llevando dos frascos llenos de su propia sangre, como demostración de que estaban dispuestos a dar sus vidas, si era necesario, por la liberación de Chipre. Después de un triunfal recibimiento en Atenas, los oficiales manifestantes donaron uno de los frascos de sangre a la iglesia de Chipre y el otro se lo enviaron a Winston Churchill. Esos acontecimientos podrían no haber afectado directamente al caso, pero sí impidieron los intentos de un grupo de parlamentarios laboristas por crear un ambiente de comprensión a favor de Styllou. El grupo laborista que se oponía a la horca solamente conseguía publicidad cuando iba a llevarse a cabo una ejecución. Los argumentos conmovedores eran eficaces, pero en el caso de Styllou Christofi el personaje resultaba profundamente antipático al público. No sólo era claramente culpable de un asesinato salvaje, sino que aparecía como el estereotipo de la primitiva isleña grecochipriota, desagradecida a los favores de la civilización colonial e indigna de clemencia.
3 jun 2011
Elfriede Blauensteiner
26 may 2011
Charlene y Gerald Gallego
27 abr 2011
Enriqueta Martí Ripollés
Al mismo tiempo que hacía de proxeneta de niños, también ejercía la profesión de curandera. Los productos que utilizaba para fabricar sus remedios estaban compuestos por restos humanos de les criaturas que mataba, que llegaban incluso a ser desde niños de pecho hasta criaturas de 9 años. De esos niños lo aprovechaba casi todo, la grasa, la sangre, los cabellos, los huesos (que normalmente transformaba en polvo) ; por esta razón no tenía problemas para deshacerse de los cuerpos de sus víctimas. Enriqueta ofrecía sus ungüentos, pomadas, filtros, cataplasmas y pociones, especialmente para curar la tuberculosis, tan temida en aquella época, y todo tipo de enfermedades que no tenían cura en la medicina tradicional. Gente de clase alta pagaba grandes sumas de dinero por estos remedios.
Se sospecha que secuestró a un número indeterminado de criaturas. En el momento de su última detención se encontraron en su piso del barrio del Raval, concretamente el número 29, entresuelo primera del carrer de Ponent (hoy Joaquín Costa), y en diferentes pisos de Barcelona donde había vivido, los huesos de un total de doce niños. Los forenses tuvieron mucho trabajo ya que quedaban pocos restos y consiguieron diferenciar un total de doce niños. Enriqueta es posiblemente la asesina en serie más mortífera que ha habido en España. Si se llega a saber cuantas criaturas llegó a a secuestar y matar, la cifra probablemente se dispararía. Los que está claro es que llevaba muchos años actuando en Barcelona porque en la cultura popular se sospecha que alguien se llevaba a bebés. Había muchos niños que desaparecieron sin dejar rastro y había un temor fundado entre la población.
Enriqueta fue encarcelada en la prisión "Reina Amàlia" en espera de juicio. Intentó suicidarse cortándose las venas con un cuchillo de madera, cosa que hizo estallar la indignación popular porque la gente quería que Enriqueta llegase al juicio y fuese ajusticiada en el garrote vil. Las autoridades de la prisión hicieron saber mediante la prensa que se habían tomado medidas para que Enriqueta no se quedara nunca sola, haciendo que tres de las reclusas con más carisma de la prisión compartieran celda con ella. Tenían instrucciones de destaparle las sábanas en caso de que se tapara para evitar que se abriese las venas con los dientes.
Pero Enriqueta nunca llegó a juicio por sus crímenes. Un año y tres meses después de su detención y pasada la indignación popular, llegó su muerte. Sus compañeras de prisión la mataron linchándola en uno de los patios del penal. El proceso de Enriqueta se encontraba en fase de instrucción en esos momentos. El asesinato de la mujer no dio oportunidad que en un juicio se supiese toda la verdad y todos los secretos que escondía. La secuestradora y asesina murió la madrugada del 12 de mayo de 1913, oficialmente de una larga enfermedad, pero la realidad como resultado de una brutal paliza. Fue enterrada con toda discreción en la fosa común del Cementerio del Sudoeste, situado a la montaña de Montjuïc de Barcelona.
