9 nov. 2012

Belinda Van Krevel


El 27 de junio de 1998, el cadáver del señor Francis Neville Arkell, quien contaba con 68 años al momento de morir, fue encontrado en su domicilio de Wollongong, Australia. 

Había sangre por piso y paredes, producto de los golpes que machacaron la cabeza de la víctima. En lo que era una extraña firma del verdugo, las autoridades hallaron tres alfileres incrustados en la extremidad superior de Arkell: uno en su mejilla izquierda, otro en la comisura del ojo izquierdo y el restante en el globo ocular derecho. Asimismo, los peritos forenses registraron el cordón de una lámpara enredado en el cuello del hombre, quien vivía solo. 

Los exámenes posteriores revelaron más de 30 heridas severas en el área de la cabeza del individuo. No obstante que un asesinato trastoca la cotidianidad de una sociedad, sobre todo cuando en los hechos existió una violencia generalmente inusitada contra un sujeto de la tercera edad, el caso de Arkell fue considerado por la mayoría de la gente que lo conoció como una especie de ritual de retribución. 

Francis Arkell era un prominente pedófilo que utilizó su riqueza y posición para atentar a placer contra la integridad sexual de niños y adolescentes. Junto con otros tres individuos conformó una sociedad de depravados que, pese a sus excesos, siempre gozó de impunidad. Pero, para los representantes judiciales, el homicidio de Arkell debía resolverse sin importar el pasado de la víctima. 

Y la investigación del asunto era imperante, ya que dos semanas antes, otro hombre solo, de 58 años, David John O´Hearn, perdió la vida en el interior de su domicilio y en circunstancias similares a la de Arkell, lo que hacía temer a la policía la presencia posible de un asesino serial que daba sus primeros pasos. O´Hearn recibió un trato aún más salvaje de su ofensor. 

Fue decapitado, desviscerado y su pene y mano izquierda fueron mutilados. El mango de un martillo fue recobrado de su ano, además de que algunas de sus vísceras fueron esparcidas por el piso del departamento. En una de las paredes, la palabra Satán estaba escrita con sangre. Mientras que, en un rincón, donde reposaba la mano mutilada, arriba de ella, también con sangre, estaba el dibujo de un pentagrama. Justiciero No obstante que las autoridades contaban con muchos elementos para dar con el paradero del asesino, la investigación de los dos homicidios consumió más tiempo del que se había contemplado en una primera instancia. 

Pero los días de suerte también existen para la policía y, tres meses después del sacrificio de Arkell, un joven de 19 años se presentó a los cuarteles judiciales y declaró su culpabilidad en los sangrientos hechos de Wollongong. Mark Mala Valera, lavaplatos del centro nocturno Planet Hollywood, declaró en un principio que acabó con la vida de Arkell porque éste se lo merecía. De O´Hearn dijo que el ataque había sido al azar. Días después aceptó que con ambos hombres había tenido relaciones sexuales, culpando de su comportamiento criminal a los abusos físicos y sexuales que sufrió durante la infancia en manos de su padre, Jack Van Krevel. Mark Valera fue encerrado mientras los agentes realizaban su investigación. Algo que intrigó a los oficiales fue una nota hallada en el departamento del sospechoso, en la que hablaba de tres víctimas. Al preguntar a Valera quién era la tercera víctima, el joven respondió que era su padre y que su trabajo aún no estaba concluido. 

La madre y la hermana de Valera fueron interrogadas con el propósito de arrojar más elementos al caso. La señora Elizabeth Carroll, progenitora de Valera y quien huyó del hogar cuando sus hijos eran pequeños, explicó que Mark tenía toda la razón y que su ex cónyuge era un hombre de temperamento violento con tendencias homosexuales. 

La hermana de Mark, Belinda Van Krevel, por el contrario, señaló que nunca observó indicios de que su padre abusara sexualmente del inculpado. 

El 18 de agosto de 1998, casi a la par de que Mark Valera fue declarado culpable del doble homicidio y, por lo tanto, mantenido en prisión, Jack Van Krevel, padre de Mark, fue asesinado en su domicilio con saña similar a la empleada en contra de Arkell y O´Hearn. ¿Quién acabó con la vida de Krevel, si Mark Valera, quien había jurado asesinarlo, estaba encerrado? 

Horas después del sangriento suceso fue detenido Keith Schreiber, un joven afectado de sus facultades mentales, amigo de Mark Valera y eterno enamorado de la hermana de éste, Belinda. Para desviar la atención de las autoridades, Belinda no declaró en contra de su padre, pese a que siempre supo que su hermano era violado sistemáticamente por el señor Krevel. 

La joven prefirió mantener sus planes en secreto y dio una cantidad de dinero a Schreiber para que hiciera el trabajo sucio. Con lo que Belinda no contó es que su sicario de ocasión difícilmente discernía entre la realidad y la fantasía, por lo que las autoridades no tuvieron ningún obstáculo para aprehender al enfermo y que éste declarara el complot. Schreiber fue condenado a 16 años de prisión, Belinda a seis y Mark Valera se convirtió, a sus 19 años, en uno de los reos más jóvenes dentro del sistema penitenciario de Australia. Los otros dos son Bronson Blessington y Matthew Elliott, quienes tenían 14 y 16 años, respectivamente, al ingresar a prisión en 1988, culpables del secuestro, violación y asesinato de la joven Janine Balding.

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