14 ene 2021

María Ofelia Lombardo

 

Orlando Barone – Especial para La Nación

13 de abril de 2000

Esta es una historia personal entre un periodista -yo- y una mujer de 77 años que mató a su marido hace más de dos y que fue condenada a 12 años de cárcel. Ahora, al fin, acaba de ser excarcelada y vive en la casa de su hijo Juan Ramón, su nuera y sus dos nietos, en Merlo.

Recuerdo que cuando la visité en la celda el otoño último, mi intención era escribir una nota que despertara la atención de su caso. Nunca proclamó su inocencia: decía que «había matado por amor», y quienes la conocían creían que era cierto.

El director de una editorial, enterado de la historia, me incitó a escribir un libro; pero desistió cuando vio la fotografía de esa mujer mayor y demasiado robusta en la revista Noticias. El marketing exigía otra estética: el retrato de una mujer joven y bella en la que se justificara el descontrol de la pasión. Aquella asesina era vieja.

El 5 de mayo de 1999, María Ofelia Lombardo, presa en la subcomisaría de la Villa Díaz Vélez, en Necochea, me envió a La Nación la última de sus cartas. Era su respuesta a la publicación en la revista Noticias del diálogo que mantuvimos en la cárcel. La carta empieza con una cita del apóstol Pablo a los corintios: «Nos sobrevienen pruebas de toda clase, pero no nos desanimamos; estamos ante problemas, pero no desesperados, nos sentimos perseguidos, pero no abandonados por Dios; derribados, pero no fuera de combate». Y termina con una posdata: «Ni yo, ni nadie en mi lugar, hubiera errado los tiros; le disparé a quemarropa». Se permitía esta ironía a raíz de una frase de la nota un tanto folletinesca.

La Justicia, que la había declarado culpable del asesinato de Ricardo Domínguez, desoía los argumentos de su defensa: que hubiera matado por piedad. A mí me dijo aún más; «maté por amor. Lo amaba a él más que a nadie. Mi hijo lo sabe. Nos quisimos mucho y era injusto ver degradada la vida con su sufrimiento».

Según ella, Domínguez le había rogado que lo acabara. Se refería a los tres disparos a la cabeza con los que lo mató, mientras él dormía bajo calmantes que ella le había dado: tenía cáncer terminal. Después había tapado su cabeza con un vestido de ella, color rosa. Así lo halló la policía. Vivían en una modesta y decadente verdulería de las afueras de la ciudad.

Cuando conocí el lugar no podía entender cómo había llegado hasta ahí aquella mujer de la cual llegué a saber era abogada y había enseñado letras. En los toscos estantes del calabozo, y mientras al lado otras presas oían cumbia, ella iba acomodando la biblia, libros de Borges, Marechal, Guillén y Lorca.

Marcado en varias páginas tenía «Diálogos Borges-Sabato», uno de los motivos de nuestro posterior intercambio de correo. Mi vínculo epistolar, y después personal, con María Ofelia Lombardo nace de una primera carta que me enviara a la sección Puerto Libre, del suplemento Enfoques, poco tiempo después de la tragedia. Se refería a algunas de mis crónicas con una caligrafía y una redacción que revelaban un conocimiento dialéctico y literario. Recuerdo que me sorprendió el remitente: una subcomisaría. Averigué y me enteré de su caso, que había movilizado a Necochea.

A partir de allí, ella, cada tanto, me enviaba a La Nación cartas extensas, a mano. No pretendía concitar conmiseración y elegía en su carteo mantener su posición de lectora y de erudita. Sorprende a cualquiera una asesina anciana de este perfil cultural y psicológico. Cierta vez hablé con su hijo y su nuera y les pedí la aprobación para ocuparme aunque sea una sola vez del caso de María Ofelia. Ellos querían ayudarla, aunque reconocían su carácter distinto; tienen un negocio de almacén y están lejos de especulaciones literarias o filosóficas. Con el defensor Carlos Lamberti coincidimos en que había que llamar la atención de los jueces: ella no era capaz de hacer daño a nadie; ya se lo había hecho a sí misma. Y a su edad no era irrazonable un arresto domiciliario del que gozan otros asesinos menos emocionales que ella sólo por el hecho de ser viejos.

En esa última carta ella me escribe: «Antes que nada tengo que darle las gracias por su nota en Noticias. Ha puesto usted su tiempo, su trabajo, su talento al servicio de una cuestión poco interesante, sin ‘gancho’.

«Conozco muchas historias de fracasados más cautivantes que la mía.» Parecía el comienzo de un libro de Arlt. Estaba desilusionada: la excarcelación amenazaba desvanecerse ante posiciones tajantes que argumentaban que la excusa de la eutanasia era un antecedente socialmente riesgoso. Pensé, con candor, que mi nota atraería la atención febril de la televisión, pero Necochea está lejos y el crimen de una verdulera sonaba poco escalofriante.

No advirtieron el detalle banal de que ella era una mujer culta y que su discurso les hubiera dado material docente a no pocos cronistas y movileros. Releo este otro párrafo de la última carta: «Como dice un policía de los que me custodian: ‘Esta señora es un pedazo de pan’; como dicen otros: ‘Es una vieja degenerada'». Está satirizando sobre sí misma.

Ella, cuando charlamos toda una tarde en su calabozo, sabía quién era y cuál había sido su infortunio. No sé si el haber escrito aquella nota sirvió para este nuevo aire de residencia familiar y presente piadoso. Yo me siento culpable de no haberle seguido escribiendo. Tuve miedo -ella debió presentirlo porque nunca más me escribió- de quedarme pegado a esta historia. Los periodistas son como los cirujanos: no pueden meterse en el corazón del paciente. Sólo operarlo.

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