25 mar. 2016

Evelyn Dick





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Una zona densamente poblada de árboles y próxima al hermoso lugar de Albion Falls constituía el lugar ideal para que los niños hicieran una excursión campestre; pero aquel bosque era también el sitio perfecto para deshacerse de un cadáver.

La mañana del sábado 16 de marzo de 1946, cinco muchachos decidieron aprovechar el tiempo primaveral para disfrutar de una excursión campestre. Tomaron el autobús en Albion Falls, un lugar célebre por su belleza, situado a unos pocos kilómetros de Hamilton (Ontario, Canadá), ciudad en la que residían. Se trataba de una zona famosa por sus montañas pobladas de árboles y por las impresionantes vistas que se divisaban desde los barrancos.

Mientras recorrían el campo, los muchachos iban observándolo todo con un telescopio de juguete; hasta que de pronto uno de ellos descubrió en una loma algo parecido a un cerdo decapitado. Impulsados por una natural curiosidad, se acercaron un poco más y se encontraron con que se trataba del torso de un hombre enterrado entre un montón de ramas y hojas. Rápidamente los niños salieron corriendo en busca de ayuda.

El examen preliminar del cadáver reveló que le habían cortado los brazos y las piernas por debajo de las articulaciones, con ayuda de una sierra; la cuchillada que le cruzaba el abdomen indicaba el intento -fallido- de cortarlo en dos. El forense, doctor Deadman, confirmaría más tarde que la operación de descuartizamiento mostraba signos de haberse realizado precipitadamente y con el empleo de más fuerza que pericia.

El torso no llevaba más que la ropa interior y presentaba en el pecho dos heridas de arma de fuego causadas, según Deadman, por varias balas del calibre 32 que no parecían haber resultado mortales. Como no disponían de la cabeza de la víctima, no se pudo confirmar la causa de la muerte. La ausencia de sangre, sin embargo, señalaba claramente que aquella atrocidad se había cometido en algún otro sitio y que antes de deshacerse del cadáver lo habían desangrado.

El 17 de marzo encontraron una camisa ensangrentada en una carretera próxima al lugar del hallazgo del torso. La policía creía entonces estar a punto de identificar el torso, especialmente después de recibir una llamada de un tal Alexander Kammerer quien, preocupado, les informó de la desaparición de su primo, John Dick, ocurrida el 6 de marzo. La descripción que proporcionó de éste se acercaba mucho a las características del cadáver.

El interés de los detectives aumentó aún más cuando Kammerer les explicó por qué había tardado tanto en denunciar la desaparición de su pariente. Cinco meses antes, John Dick se había casado con una mujer mucho más joven que él llamada Evelyn; pero el matrimonio se fue a pique casi de inmediato y la pareja se separó en Navidad. Dick se fue a vivir con los Kammerer y cuando les dejó supusieron que había vuelto a casa para intentar arreglar las cosas. Pero los policías no pensaban lo mismo: ahora no sólo le habían puesto un nombre al torso, sino que contaban también con un móvil para el asesinato.

No perdieron un solo momento en ponerse en contacto con Evelyn, la esposa del hombre fallecido. El 19 de marzo la condujeron a la comisaría para someterla a un interrogatorio. Se hizo cargo de la entrevista el inspector Wood, quien, desgraciadamente, comenzó a interrogarla sin aguardar a que estuviera presente otro oficial para hacer un informe de la conversación. Esta sería una de las muchas irregularidades que causarían más de un problema judicial cuando el caso se llevó ante los tribunales.

En principio no parecía podérsele objetar nada a Evelyn, quien ofreció una desolada visión de su matrimonio. Sus padres se habían opuesto a que se casara con Dick, por lo que tuvo que adoptar un nombre falso para la ceremonia, haciéndose pasar por una viuda llamada «Evelyn White». Casi de inmediato comenzaron las discusiones entre los recién casados, quienes se peleaban constantemente por cuestiones de dinero, y en particular por la propiedad de la casa de Carrick Avenue, registrada a nombre de Evelyn. Además, uno y otro cometían frecuentes infidelidades. (De hecho, y aunque su marido lo ignoraba, Evelyn trabajaba como prostituta.) Ella misma sugirió que probablemente John había sido amenazado por algún marido celoso después de una de sus escapadas extra-matrimoniales.

Evelyn explicó esta teoría aún con más detalles. El 6 de marzo -declaró- alquiló un coche para ir de compras. Al volver a casa recibió la llamada de un gánster, quien le comunicó que un marido furioso le había contratado para vengarse de su esposo. El mafioso insistió en entrevistarse con Evelyn. Cuando ésta acudió a la cita, el hombre la estaba esperando con un enorme saco que contenía el torso de su marido. Aterrada, obedeció sus órdenes y lo condujo hasta un lugar de las montañas, donde abandonaron los restos de John Dick.

Se trataba de una historia absurda y completamente inconsistente. ¿Para qué iba a querer el criminal entrevistarse con ella, en lugar de limitarse a deshacerse del cadáver por sus propios medios? ¿Y por qué Evelyn no se había puesto en contacto con la policía después de recibir la llamada telefónica? Y, por último, ¿no era una increíble coincidencia que el asesino la citara precisamente el mismo día que ella alquiló el Packard?

La policía entonces invitó a Evelyn a enseñarles dónde habían abandonado el cadáver. En compañía del inspector Wood y del detective sargento Preston, ella les condujo directamente hasta Albion Falls. Después, la policía la arrestó y se la detuvo acusada de vagancia -se trataba de un tecnicismo que les permitía mantenerla bajo custodia hasta completar las pesquisas-.

Los detectives localizaron el automóvil alquilado por la mujer, en cuya tapicería encontraron algunas huellas de sangre que correspondían al grupo sanguíneo del hombre fallecido. También encontraron un jersey azul, lleno de manchas, que Evelyn había dejado en el coche y que encajaba con la descripción de una de las prendas que llevaba Dick el día de la desaparición.

Se realizaron algunos registros, tanto en casa de Evelyn como en la de sus padres. En la primera, los detectives descubrieron el uniforme y la máquina de picar billetes que John usaba en su trabajo de conductor de tranvías: un hallazgo sorprendente, teniendo en cuenta que ya no vivía en aquella casa.

Donald MacLean, padre de Evelyn, trabajaba para la misma compañía de transportes, y en su domicilio de Rosslyn Avenue la policía encontró en un escondrijo varios billetes usados, junto con 4.400 dólares en efectivo. Al parecer, MacLean se había dedicado a estafar a sus jefes de modo sistemático. Durante el registro se encontró también un par de zapatos manchados de sangre; una sierra y un cuchillo de carnicero, que muy bien podían ser los utilizados para descuartizar el cadáver; y un revólver del calibre 32 con el que probablemente se habían efectuado las heridas de bala que ofrecía el torso.

Pero el descubrimiento más siniestro tuvo lugar en Carrick Avenue, en casa de Evelyn Dick. El 21 de marzo, en el sótano, encontraron algunas cenizas dentro de un cesto en la entrada del garaje. Después de un atento examen se aislaron varios fragmentos de huesos y dientes, y el forense confirmó que procedían de un cráneo, de unas rótulas y de una mandíbula humana. No había, sin embargo, ningún fragmento de hueso perteneciente a un torso, lo cual apoyaba la teoría de que las cenizas eran los restos de los miembros y la cabeza de John Dick.

La atención de los detectives se centró también en una maleta que había en el ático. Y en ella, debajo de varias piezas de tela, encontraron una bolsa de la compra llena de cemento. La policía lo picó cuidadosamente y halló el cadáver descompuesto de un recién nacido, que más tarde identificarían como Peter, con un trozo de cuerda alrededor del cuello. El anuncio de que en casa de Evelyn Dick se había descubierto a un niño muerto causó auténtica sensación. Toda la atención de la prensa se centró entonces en la atractiva viuda y en su amante, Bill Bohozuk, a quien los periodistas, aludiendo a su deporte favorito, apodaron «el fornido remero».

La policía albergaba sentimientos contradictorios acerca de toda aquella publicidad. Por un lado, estaban convencidos de que en Evelyn, Bohozuk y los MacLean tenían a los culpables de ambos asesinatos. Pero, a pesar de la enorme cantidad de pruebas circunstanciales que habían conseguido reunir, carecían de otras que fueran irrefutables.

Pero esperaban que fuera la misma Evelyn quien acabara desatándose. Desde la primera entrevista, ésta se había mostrado extrañamente deseosa de hablar con la policía. Pero, cada vez que surgía una nueva prueba, Evelyn cambiaba su versión con increíble habilidad.

La primera modificación se produjo el 20 de marzo, cuando a Bill Bohozuk se le sometió a un interrogatorio; entonces, Evelyn Dick, voluntariamente, proporcionó la información de que entre él y su marido existía una profunda enemistad. Y declaró que su amante le había pedido prestados 200 dólares para contratar a un asesino.

Después de la aparición de las cenizas, volvió a modificar su relato y dijo que era el asesino a sueldo quien había alquilado el Packard, en el que llevó hasta su propia casa las ropas de John. También admitió que el cadáver del pequeño era el de su hijo, pero culpó a Bohozuk de su muerte, y dijo que éste se lo había llevado después de que ella saliera de la clínica de maternidad «para estrangularlo rodeándole el cuello con una manta».

La última versión de los hechos la dio Evelyn el 12 de abril. Entonces negó que existiera ningún asesino a sueldo e insistió en que fue su amante el autor de los crímenes, mientras que ella se limitaba a observarle. Enseguida se dio paso a una nueva reconstrucción del asesinato. Evelyn condujo a la policía hasta un polvoriento y solitario camino situado en medio de las montañas. Allí -declaró- Bohozuk disparó tres veces contra su esposo, alcanzándole en el ojo derecho, en la nuca y en el pecho.

Evelyn involucró también en el crimen a su padre, quien según ella le prestó a Bohozuk el arma asesina. Le acusó además de haber quemado los miembros de su marido en la estufa de Rosslyn Avenue. Inmediatamente la policía acusó a los padres de Evelyn y a Bohozuk -aparte, por supuesto, de a la propia Evelyn- del asesinato de John Dick. Y contra la señora Dick y contra su amante se formularía además el cargo de asesinato del pequeño Peter.

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El asesinato de Peter
El niño asesinado que la policía encontró dentro de una maleta, era Peter MacLean, el tercero de los hijos de Evelyn Dick. Durante el embarazo ésta se «inventó» un marido, Norman J. White, a su vez padre del niño, y continuó con aquella ficción las otras dos ocasiones. Cuando nació Peter, el 5 de septiembre de 1941, Evelyn vivía en Rosslyn Avenue con sus padres, a quienes la idea de un tercer nieto no agradaba demasiado. Donald MacLean se negó a acogerlo en su casa, por lo que Evelyn accedió a entregarlo en adopción a través de la Asociación de Ayuda Infantil. Después del 15 de septiembre, fecha en que la madre salió del hospital, nunca más se volvió a ver a la criatura.

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ANTE EL TRIBUNAL – Un espectáculo increíble
Miles de personas hicieron largas colas para contemplar a la bella asesina autora de hechos tan «antinaturales»: no sólo había descuartizado el cadáver de su marido, sino que, después de matar a sangre fría a su hijo recién nacido, lo enterró en un saco de cemento.

El juicio por el asesinato de John Dick se celebró en Ontario durante las sesiones judiciales de otoño. La fiscalía decidió juzgar por separado a Evelyn, Bohozuk y MacLean; el juicio de la primera, presidido por el juez Barlow, se inició en Hamilton el 7 de octubre. Timothy Rigney representaba a la acusación, mientras que John Sullivan se encargaba de la defensa.

El proceso atrajo desde el principio un enorme interés por parte del público. Una multitud formada por trescientos espectadores se apiñaba delante de la cárcel para ver a la acusada cuando ésta salía hacia el juzgado, mientras que en la sala llegaron a reunirse unas mil personas. También la prensa se sentía fascinada por el asunto. Aquella elegante morena siempre ofrecía un tema del que hablar y, desde su primera aparición ante el tribunal, vestida con «un sombrerito negro y un abrigo de piel gris», los comentarios acerca de los modelos que exhibía se convirtieron en ingrediente habitual de los reportajes de la prensa.

En cuanto el ritmo del juicio parecía disminuir, la atención de los periodistas se centraba en Evelyn. Estos daban cuenta del peso que había ganado mientras estaba detenida, de cómo jugueteaba nerviosamente con los zapatos nuevos, mientras se presentaban las pruebas de la camisa ensangrentada de su marido; o hacían comentarios sobre las interminables notas que tomaba y los constantes garabatos.

También los guardias que la acompañaban fueron exhaustivamente entrevistados. Uno de ellos contó a los periodistas que «se pasaba todo el día canturreando y sonriendo, como si no tuviera nada de qué preocuparse»; y otro mencionó el hecho de que no paraba de pedir revistas: «Ya sabe, historias de amor… montones de ellas.» Evelyn, por su parte, parecía encantada con tanta publicidad y les preguntaba a los reporteros si en las últimas ediciones de los periódicos aparecería alguna fotografía suya.

Sin embargo, y mientras la policía se afanaba en encontrar alguna prueba en apoyo de las declaraciones de la acusada, la mayor parte del juicio se desarrollaba en medio de la más absoluta rutina: se subrayaron los detalles referentes a los últimos movimientos de Dick; se confirmó la existencia de rastros de sangre en el Packard alquilado; y se escucharon los comentarios del forense acerca del descuartizamiento y la posible causa de la muerte. El único episodio realmente dramático tuvo lugar durante el tercer día del juicio, cuando Alexandra MacLean subió al estrado para prestar testimonio contra su propia hija.

La señora MacLean empezó por describir el maltrecho estado del matrimonio de John y Evelyn. Ella se había opuesto con todas sus fuerzas a que se casaran y sus temores pronto se vieron justificados. John estaba siempre sin blanca y se pasaba el día dándole sablazos a su mujer. Cuando se mencionó el nombre de Bohozuk, la señora MacLean declaró que éste había amenazando a Dick por teléfono en varias ocasiones.

Al interrogarla acerca del día del asesinato, la testigo confirmó que Evelyn había salido de casa alrededor de las seis de la tarde en un coche grande de color negro. Pero cuando le preguntó a su hija qué hacía con el Packard, ella le contestó que se metiera en sus asuntos.

Pero el testimonio más perjudicial proporcionado por la señora McLean era el relato de lo ocurrido el 8 de marzo, cuando fue a buscar a Heather, la hija pequeña de Evelyn, para visitar a su padre, John, en el trabajo. El viaje resultó en balde, porque John Dick no ocupaba su habitual asiento en el tranvía; cuando le mencionó el asunto a su hija, ésta le contestó: «No volverás a verle nunca más» y, ante la sorpresa de su madre, añadió: «Sí, John Dick está muerto; y tú, mantén la boca cerrada.»

El otro factor de vital importancia para el resultado final del juicio fue el testimonio prestado por la propia acusada ante la policía. Entre el 11 y el 14 de octubre el juez Barlow celebró varias sesiones a puerta cerrada para decidir si admitía o no las declaraciones efectuadas ante los inspectores Wood y Preston.

Finalmente, su opinión se decantó en favor del fiscal; y, cuando el jurado volvió a ocupar su puesto en la sala, tuvo la oportunidad de oír las declaraciones de Evelyn repetidas ante el tribunal. Entretanto, ésta parecía felizmente ignorante del alcance de todos aquellos debates jurídicos. El 13 de octubre cumplía veintiséis años y recibió un montón de cartas y de regalos. Un felicitante anónimo llegó a enviarle incluso un llamativo ramo de claveles rojos y blancos.

El miércoles 16 de octubre el juicio se dio por terminado y no tardó ni horas en emitir el veredicto de «culpable» al que acompañaba una petición de indulto. El juez agradeció a todos los miembros los esfuerzos realizados, haciendo notar que «con estas pruebas no creo que hubieran podido ustedes emitir un veredicto diferente». Y sentenció a la acusada a la horca, fijando la fecha para la ejecución el 7 de enero del 1947. Evelyn no perdió la calma y se limitó a dejar constancia que deseaba presentar una apelación.

Los reportajes de la prensa se hicieron entonces aún más sensacionalistas. Durante el juicio habían existido considerables restricciones, puesto que Bohozuk y MacLean se encontraba a la espera de ser procesados. Pero ahora la atención de la prensa podía centrarse libremente en la condenada a muerte. Así pues, se realizaron reportajes en los que la madre, aneganda en lágrimas, admitió que «es verdad que puede haber sido perversa, pero se trata de mi hija… de mi única hija; y la adoro».

La prensa se ocupó también detenidamente de los detalles más «sabrosos» del pasado de Evelyn e hizo hincapié en las terribles condiciones de la celda para condenados a muerte que la aguardaba. Pero no hubo una sola queja en tomo al veredicto: todo el mundo pensaba que se había hecho justicia.

La vista de la apelación se celebró el 9 de enero, mientras que la fecha de la ejecución se posponía para un mes después. En esta ocasión, la condenada estaba representada por J.J Robinette, un prestigioso criminalista de Toronto, quien siguió dos líneas fundamentales de argumentación.

En primer lugar intentó explotar el tema de la existencia de varios juicios distintos, indicado que las pruebas señalaban a MacLean como asesino y a Evelyn como cómplice del mismo. Por lo que -aducía- deberían haber sido excluidas del juicio pruebas tales como el revólver o los zapatos ensangrentados. Robinette recusó también la admisión de las confesiones realizadas por Evelyn ante la policía, alegando que no se le habían hecho las advertencias oportunas. El tribunal aceptó estos dos argumentos y ordenó la celebración de un nuevo juicio.

Dicha decisión constituyó un cambio crucial en el asunto y, como una fila de fichas de dominó que al caer se empujan unas a otras, cada uno de los cuatro juicios restantes resultó afectado por ella de forma evidente. Un mes más tarde se volvió a examinar la acusación formulada contra Evelyn Dick, pero, lógicamente, por entonces había desaparecido todo apasionamiento. Mientras se citaba a los testigos para que nuevamente prestaran declaración, El Globe and Mail comentaba: «Ya no se trata de un intenso drama, sino de una simple rutina.» Sin las declaraciones de Evelyn, de funestas consecuencias, el peso de las pruebas circunstanciales no era suficiente para convencer al jurado, quien emitió el veredicto de «inocente».

Evelyn se negó a prestar testimonio en contra de su ex amante y de su padre, lo cual disminuía la importancia de la acusación formulada contra ambos por la fiscalía. Al final se acabaron retirando los cargos contra Bohozuk, mientras que MacLean, gracias a las hábiles negociaciones realizadas por su abogado, fue declarado cómplice de los hechos una vez consumados éstos y se le sentenció a cinco años de prisión.

El hecho de que a Evelyn se la condenara a cadena perpetua después de haber sido declarada culpable del homicidio voluntario de su propio hijo, quizás ayudara a aplacar algunas críticas. Pero había mucha gente que opinaba que el brutal asesinato de John Dick había quedado impune.

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Matrimonio fracasado
Evelyn Dick, por el contrario, se llevaba «demasiado bien» con las autoridades. Su aparente deseo de cooperar y sus versátiles cambios sirvieron para entorpecer con eficacia la labor de la acusación. Como ella misma le dijo a su madre «le voy a contar a la policía tantas historias diferentes que no van a saber por dónde tirar».

El abogado defensor de Evelyn preparó una serie de pruebas psiquiátricas para explicar las razones de su comportamiento. En su informe, el doctor Robert Finlayson testificó ante el tribunal que se trataba de una mujer retrasada. Su coeficiente intelectual la situaba en los limites entre «torpe» y «retrasada mental». Además, su personalidad mostraba ciertos signos de desorden psicosomático.

Su escasa inteligencia podía estar relaciona con la falta de emoción que demostraba. Por ejemplo, la policía se percató de que Evelyn Dick jamás ofreció signos de culpabilidad o de remordimiento cuando la atraparon contando una mentira. Del mismo modo, muchos observadores comentaron sus impasibles reacciones a lo largo del juicio y cómo, incluso cuando se abordaban los aspectos mas siniestros del asunto, no dejaba de hacer garabatos en un papel.

Y no era precisamente que tratara de ocultar sus emociones en público, porque todo aquello también se podía aplicar a la actitud mostrada en la intimidad ante los asesinatos. Al principio, Evelyn explicó que la precaución con la que había actuado estaba motivada por el miedo. Declaró que se había callado y no había mostrado su disconformidad con los crímenes asustada por las amenazas de Bohozuk y de sus amigos mafiosos de Windsor; y ello a pesar de que los detectives probaron que todas aquellas historias no eran más que una invención. Pero el ejemplo más siniestro de su falta de sensibilidad fue su comportamiento con su hijo. Tanto la policía como el público se estremecieron ante la idea de una mujer capaz de vivir dieciocho meses en su casa sabiendo que su hijo se encontraba en el ático muerto.

Evelyn era hija única, y sus padres intentaron mantenerla al margen de sus compañeras de colegio. Probablemente deseaban proteger a la niña contra el duro mundo exterior. Evelyn estaba muy mimada y fue incapaz de entablar relaciones con nadie. Después de la condena, quienes la conocían desde la escuela comentaron a los reporteros que «a Evelyn le hubiera gustado ser amiga de todo el mundo, y no podía entender por qué tanta gente procuraba evitarla».

Evelyn Dick fracasó al intentar hacerse popular despilfarrando enormes cantidades de dinero en obsequio para los conocidos, lo cuál aumentó su confusión e hirió aún más sus sentimientos. Después de todo, al personal masculino de Hamilton no parecía disgustarle el pagarle algún dinero a cambio de su afecto. Quizá fue el deseo de salir de este círculo vicioso lo que la llevó a casarse con un conductor de autobús. Y en este caso cometió un error de incalculables conclusiones.

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El nombre falso de Evelyn
Los informes del hospital revelaban que un tal «Norman J. White, teniente de la Armada Real Canadiense», era el padre de los tres hijos de Evelyn -uno de los abogados, en tono jocoso, comentó que aquella era la parte más consistente de todo el testimonio ofrecido por Evelyn-; y ésta, haciéndose pasar por viuda, utilizó dicho nombre para casarse con Dick. Las investigaciones de la policía pronto demostraron que el teniente solamente había existido en la imaginación de Evelyn.

El propósito de aquel engaño era doble. Por un lado, proporcionaba a sus hijos ilegítimos un origen respetable. Y, además, la existencia de un «esposo ausente», supuestamente en el servicio activo, podía explicar los abundantes ingresos de Evelyn. En realidad, aquel dinero procedía de los numerosos acompañantes masculinos con que ésta contaba, muchos de los cuales eran relevantes ciudadanos cuya identidad fue cuidadosamente mantenida en secreto por el tribunal. John Dick no sabía nada de toda aquella historia y probablemente el enterarse del engaño no supuso ninguna ayuda para su matrimonio, ya de por sí bastante maltrecho.

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Conclusiones
Evelyn Dick pasó once años en la penitenciaría de Kingston por el delito cometido. Allí consiguió mantener excelentes relaciones tanto con la autoridades penitenciarias, como con sus compañeras de prisión, y obtuvo cierto éxito en una de las representaciones de Navidad haciendo el papel de Ángel. En 1958 consiguió la libertad bajo palabra.

Alexandra MacLean abandonó Hamilton en compañía de Heather, la hija de Evelyn. Lógicamente intentaba escapar de las curiosas miradas de los vecinos y empezar una nueva vida.

Probablemente Donald MacLean fue el personaje involucrado en aquel asunto que salió más perjudicado. Después de ser condenado por el caso Dick, se pronunció contra él otra sentencia de cinco años, acusado de robo contra la compañía de transportes para la que trabajaba. En 1951, al salir en libertad, el futuro parecía bastante negro. Enfermo, arruinado y separado de su esposa, pasó los últimos años de su vida como vigilante de un aparcamiento. Falleció en 1955.

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Fechas clave
16/3/46 – Se encuentra un torso enterrado en medio de un bosque.
17/3/46 – Aparece una camisa ensangrentada en un lugar cercano.
19/3/46 – La policía interroga a Evelyn Dick.
21/03/46 – En casa de Evelyn se descubre el cadáver de un recién nacido y varios restos de huesos humanos.
12/04/46 – Evelyn Dick incrimina a Bohozuk y a su propio padre en el asesinato de John Dick.
07/10/46 – Comienza el juicio contra Evelyn Dick por el asesinato de su marido.
13/10/46 – Veintiséis cumpleaños de Evelyn Dick.
16/10/46 – Se declara culpable a Evelyn Dick y la condenan a la horca.

09/01/47 – Vista de la apelación. El tribunal ordena la celebración de un nuevo juicio: se la declara inocente.

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