25 mar. 2016

Véronique Courjault




Danielle Raymond / M. P. Aizpurúa / A. Gallardo – Parati.com.ar

Francia, Octubre 2006.-  Es francesa, tiene 38 años, está casada y tiene dos hijos, pero entre 1999 y 2003 dio a luz a otros tres a los que, instantáneamente, les quitó la vida: tras matarlos con sus propias manos, al primero lo quemó y a los otros dos los guardó, durante varios años, en un congelador, en su propia casa.

El macabro hallazgo ocurrió en Seúl, Corea, donde Veronique vivía con su esposo, quien al parecer “no sabía nada” de sus asesinatos. Parecía la mujer perfecta, pero hoy los medios franceses la llaman “la madre sin alma.

Los investigadores coreanos no se equivocaron cuando siguieron la pista del matrimonio Courjault durante más de tres meses. El miércoles 11 de octubre, involucrada dos veces por tests de ADN e interrogada minuciosamente por la policía judicial francesa, Veronique Fievre –aunque utilizaba su apellido de casada– (38, ama de casa) confesó el homicidio de sus dos bebés, que fueron encontrados –el 23 de julio pasado– por su marido, Jean Louis Courjault (ingeniero, actualmente trabaja en la empresa automotriz norteamericana Delphi), en un congelador de la casa de la familia, radicada en Seúl, Corea del Sur.

Luego, Veronique también reveló que ya había matado a otro de sus hijos recién nacido –en 1999, en Francia– y que quemó su cuerpo.

El fuego y el hielo fueron el destino final para sus tres hijos, a los que asesinó apenas los dio a luz. Por ahora, su marido clama su inocencia y ella la sostiene, confirmando que el hombre no estaba al tanto de nada, ni siquiera de sus embarazos sucesivos…
Hallazgo macabro
Todo empezó durante la noche del 22 de julio pasado, cuando M. Kim, un exmilitar que combatió en la guerra de Vietnam y que hoy trabaja como guardia de seguridad de un exclusivo barrio cerrado de Seúl –donde vive el matrimonio Courjault– recibió un paquete con una docena de kangodungo” (caballa) salados.

El paquete estaba destinado a Jean Louis Courjault, quien desde hacía mucho tiempo quería probar esa deliciosa especialidad de la región. “El destinatario estaba ausente, así que guardé el paquete en el congelador”, explicó Kim. A las 8 de la mañana del día siguiente, Jean Louis lo pasó a buscar para llevarlo a su casa. “Lo vi volver más tarde, –continuó su relato Kim.

Estaba como loco y me gritó un poco en inglés y un poco en coreano: Venga rápido, le tengo que mostrar algo…’Kim siguió al hombre hasta su casa y, una vez frente al congelador, Jean Louis abrió la puerta de la heladera y algunos cajones inferiores, el cuarto y el quinto… “Entonces me muestra el contenido y me dijo: ‘¡Fíjese, hay dos bebés! Two babies, recordó M. Kim, quien en su relato agregó que al principio pensó que los cuerpos no eran más que pollos pequeños. “Vi dos manitos de bebés con los deditos cerrados”, empezó a darse cuenta de la cruel realidad M. Kim quien, advertido de la gravedad de la situación, decidió llamar a la policía. Según su relato, Jean Louis estaba “shockeado, desamparado y ‘muerto de miedo.

Veronique Courjault se declaró culpable casi de inmediato. “¡Quiero ver a mi marido, le quiero explicar!”, fue la frase con que imploró a los policías apenas fue detenida. Al asumir el múltiple infanticidio (infanticida es quien mata a un niño y, en este caso, se trata además de un filicidio, porque las víctimas son los propios hijos) ella se mostró obsesionada por conocer la reacción de su marido.

Es lo que apuntaron en la comisaría de Tours, Francia. “Su mujer tiene algo que decirle”, le dijeron a Jean Louis, quien de inmediato se largó a llorar. “Parecía realmente sorprendido. Manifestó una profunda confusión cuando entendió que su mujer había cometido los homicidios”, reveló el comisario Bejeau tras los interrogatorios. Y cuando Veronique Courjault estuvo por fin frente a él, se abrazaron, lloraron juntos, y él le dijo: “Veronique, te sigo queriendo. Sé fuerte, estoy con vos…”.
Veronique Courjault (algunos medios franceses la bautizaron “la madre sin alma”) pasó por los exámenes de sangre en un estado de terror y llorando constantemente, una conducta que no había tenido en los primeros instantes de su detención.

En esa ocasión, la mujer permaneció en absoluto silencio y muy serena. Sólo cuando los agentes de policía la confrontaron con sus propias incoherencias en el relato, ella confesó la atrocidad de sus actos. “Es cierto, quedé embarazada en 2002 y 2003, sin que nadie se diera cuenta. Mi marido nunca supo nada. Mi panza no era grande. Disimulaba mis curvas con ropa amplia. Una noche, sentí contracciones, mientras dormía al lado de mi marido. Fui al baño y tomé anti-espasmódicos, y se calmaron. Me volví a acostar. Jean Louis no se dio cuenta de nada.

Pero sus partos clandestinos resultan poco factibles, teniendo en cuenta que su marido pasaba casi todas las noches en su casa, junto a ella y a sus otros dos hijos mayores, Nicolás (11) y Jules (10), a los que Veronique iba a buscar al colegio, todos los días a las cuatro de la tarde.

En su declaración ella afirma “haber tenido suerte” para seguir adelante con su embarazos en secreto, indicando que las últimas contracciones de cada parto llegaron en ocasiones en las que ella estaba sola en su casa.

Según Veronique, dio a luz a tres niños en el baño, ella misma cortó el cordón umbilical y escuchó sus primeros gritos. Acto seguido, apretó fuerte y esperó a que el pequeño cuerpo no se sacuda más por espasmos. Ella misma habría sido la hacedora y única espectadora de una tragedia que perpetró tres veces a lo largo de cuatro años: en 1999, 2002 y 2003.

La confesión de Veronique

No quería tomar más la píldora. No pensé en abortar, después era demasiado tarde.… Los maté. Sentía cierto poder al ser capaz de dar vida y muerte a mis hijos”, figura en su confesión. La primera vez fue en 1999, cuando la familia Courjault vivía en Villeneuve-la-Comtesse, un pequeño pueblo de Charente Maritime, al centro oeste de Francia.

Sus setecientos habitantes hoy están en estado de shock enterados de que allí concibió, mató e incineró a su primer hijo, su primera víctima. Salvo una vecina que asegura recordar que Veronique le anunció la llegada de un tercer hijo, nadie parece haber notado la dulce espera de esta mujer a la que muchos describieron como “una simpática madre de familia, muy cuidadosa con sus dos hijos.

En 1999 Jean Louis perdió su trabajo. Por entonces, Jules y Nicolás tenían apenas 4 y 3 años, respectivamente, y la situación familiar se vio notablemente dañada. ¿Habría sido esta delicada situación la que provocó por primera vez un rechazo al propio embarazo y su primera pulsión asesina?

Una vez que el caso salió a la luz, el morbo y curiosidad de sus viejos vecinos de Villeneuve-la-Comtesse provocó que todos quisieran ir a ver su antigua casa, donde quemó a su primer hijo. La mujer que hoy la ocupa dice estar “conmocionada” por la noticia. Su nombre es Emmanuelle, actualmente está embarazada de ocho meses, y quiere mudarse de inmediato de ahí. “Voy a ser madre en un mes y me da escalofríos imaginar que un bebé fue quemado en la chimenea de mi living”, declaró.

A 200 kilómetros de distancia del pueblo del primer crimen, en Chinon, vive la familia de Jean Louis Courjault, hoy más aliviada porque éste fue dejado en libertad a pesar de que está en vigencia su inculpación por complicidad en el asesinato.
Jean y Genevieve, los padres de Jean Louis, declararon: “No queremos hablar demasiado para no entorpecer la investigación. No recibimos ninguna instrucción del fiscal, pero queremos dejar que la justicia investigue con serenidad. Tenemos total confianza en la justicia francesa. Veronique está enferma. La queremos y la vamos a sostener siempre”, afirmaron. Por su parte, Philippe, el hermano mayor de Jean Louis, agregó: “Desde hace quince años hemos vivido con ella sin darnos cuenta de nada. Nadie sintió que estaba en tal grado de desamparo y hoy nos cuestionamos todo-
Actualmente, Jules y Nicolás, los dos hijos sobrevivientes de la “madre sin alma” viven con la familia Courjault, en Souvigny de Touraine, con sus abuelos, tíos y primos, y bajo la atenta mirada de un grupo de psiquiatras que, además de explicarles la ausencia de su madre (no podrán visitarla en la cárcel durante varias semanas) son los encargados de su tratamiento psicológico y, sobre todo, de su preparación para los próximos interrogatorios en los que participarán como testigos.
Sobre todo, los investigadores intentarán saber si los dos chicos pudieron notar la sucesión de embarazos de su madre así como si supieron de los partos. En el futuro, toda la familia y el entorno más íntimo de Veronique Courjault desfilarán por la policía y los tribunales para tratar de delinear un perfil de esta mujer de ojos claros, que algunos definían como “positiva y alegre.

Retrato de una asesina

¿Qué psicosis padece Veronique Courjault? ¿Qué hay detrás de su retrato, aparentemente el de la más dedicada madre de familia? En su pueblo natal, Parnay, cerca de Nantes, sus padres –Robert y Monique Fievre– están consternados.

Primero se negaron a admitir la culpabilidad de su hija, pero hoy están sumidos en el más absoluto silencio. Martine, hermana mayor de Veronique, habla por ellos. “No la reconozco. Lo que hizo no tiene explicación, tratamos de entender… La queremos y tenemos la esperanza de que esto termine de la mejor manera posible.

La madre asesina es la penúltima de una familia con siete hermanos, todos criados bajo un catolicismo ferviente. “Era tímida, como la mayoría de nosotros en esta familia, –indica su hermana–. Pero no estaba aislada, se comunicaba con nosotros y parecía feliz y realizada.

Veronique conoció a Jean Louis Courjault en 1987. “Ella era la mujer acomplejada de un modesto vitivinicultor y él provenía de una familia adinerada de Chinon”. Así dicen que se plantearon los términos de la relación en sus comienzos. El quiso ser ingeniero y seguir los pasos de su padre, director de asuntos internacionales de la Compañía General de Geofísica y consejero municipal.

Veronique, en cambio, no tenía claro su rumbo: estudió y abandonó los estudios de Sociología, y luego se recibió sin vocación ni demasiadas convicciones en el área de computación, como analista de sistemas y programadora.

Hoy Genevieve Courjault, la madre de Jean Louis, recuerda un detalle particular de la boda de Veronique y su hijo. “Tuvimos dificultad para encontrarle un vestido de novia, porque estaba embarazada de su primer hijo y ella no quería que se notara”. Luego la pareja se instaló en Aubigny sur Nère, en el centro de Francia, donde comenzaron a “armar una familia”, con la llegada de Jules, en 1995, y de Nicolás, un año más tarde.

Todo indica que el año de inflexión fue 1999, cuando su marido se quedó sin trabajo y ella comienza a elucubrar su macabro proyecto: no volver a ser madre nunca más. Así, asesina con sus propias manos a quien fue su tercer hijo. Y a esa atrocidad la repite lejos de su país, en Seúl, Corea, un destino al que la pareja se dirigió para “probar suerte”. En términos económicos, cumplieron su objetivo y Jean Louis consiguió reacomodarse en su profesión.

Pero en septiembre de 2002 y en diciembre de 2003, Veronique lo hizo otra vez: en ambas ocasiones estranguló a sus hijos y los colocó en la parte de abajo del congelador, sin preocuparse demasiado por limitar su acceso.

Los psiquiatras y abogados no terminan de entender qué la llevó a asumir tal riesgo. “Quería guardarlos con ella, eso quiere decir que los quería”, fue la explicación de uno de los abogados que defiende a Veronique.
Encerrada en una trágica farsa durante cuatro años, hoy Veronique Courjault cambió esta celda por otra de hierro y cemento. En el fondo de su celda, vive aislada para impedir que sea maltratada por las otras detenidas de la cárcel de Orleáns, que aborrecen a quienes hayan cometido cualquier delito de hostigamiento o maltrato contra sus propios hijos.


Las únicas visitas autorizadas son las del abogado y las del perito psiquiátrico. Mientras tanto, Jean Louis Courjault vive su libertad casi como una inevitable condena, quizás mirando las fotos de su mujer, aparentemente el retrato de “la más dedicada madre de familia”.

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