15 mar. 2014

María Teresa Landa: "Miss México"



María Teresa Landa Ríos nació el 15 de octubre de 1910 en Tlalpan, en la Ciudad de México (México). De clase media, siempre fue independiente e inclinada al estudio. En aquellos días la sociedad mexicana seguía viendo a la mujer como guardiana del hogar y las buenas costumbres. De ellas se esperaba sumisión, lealtad y que se alejaran de tendencias extranjeras raras como el feminismo, del que María Teresa era partidaria, el cual no sólo promovía la igualdad de derechos, incitando a la mujer a trabajar fuera de casa, sino que le pedía al hombre participar en las labores del hogar. Rafael de Landa, el padre, tenía lecherías, un negocio venturoso en la ciudad que para entonces contaba con alrededor de un millón de habitantes. La madre, Débora Ríos, era ama de casa. La familia vivía en la calle de Correo Mayor, en una discreta casa con un balcón que se convertiría en el lugar propicio para que la chica recibiera serenatas. El padre quería que María Teresa fuera monja, pero ella se negó.

La chica amaba la lectura, pasión que la acompañaría toda la vida. Estudió la secundaria en la Escuela Central, en San Cosme, y después acudió a la Escuela Normal de Maestros, donde se sensibilizó por la importancia del magisterio, el cual ejerció hasta su muerte. Después entró a la Escuela de Odontología de la Universidad Nacional, donde "mi mayor anhelo era buscarme una situación independiente, pero una independencia absoluta en todos los órdenes: económica y espiritual, de tal suerte que nunca hubiera tolerado sujetarme a las formas ridículas del noviazgo". María Teresa era alta y esbelta, de piel “más blanca que la leche, con dos enormes y hermosos ojos oscuros enmarcados en evidentes ojeras que atravesaban el alma. Tenía una belleza inquietante y nunca pasaba desapercibida, pero sobre todo era poseedora de las más preciadas afectaciones de la época: palidez rotunda y un indispensable dejo de tristeza. Siempre fui una chica triste", dijo alguna vez.

El general Moisés Vidal Corro era un militar curtido en la Revolución Mexicana. No eran pocas las batallas que había librado, sobre todo en la tierra caliente que tanto conocía por haber nacido en Cosamaloapan, Veracruz, en 1893. De carácter fuerte, su opinión era clara: la mujer en su casa. Así lo vio María Teresa Herrejón, una mujer originaria del mismo pueblo, cuando se casó con él en 1924. Tuvieron dos hijas. Una vez reubicado en la Ciudad de México, al general se le borró de la mente su familia, dejando incluso de enviarles dinero. Una tarde, acompañó a un amigo al funeral de un familiar, a quien el militar no conocía. Se había mostrado renuente a hacerlo, pero era un día soleado de marzo y finalmente accedió. 

No sospechaba que aquel favor cambiaría su vida para siempre. El velorio fue en la calle Correo Mayor nº 119, donde Vidal quedó impresionado al ver a aquella hermosura diecisiete años menor que él. La abordó apenas tuvo oportunidad, conversaron. Él no sabía nada de la obra de Honoré de Balzac o acerca de la Ilustración, menos de la difunta, doña Asunción Tamayo, la entrañable abuela de la niña. Pese a ello, se sintió subyugado. "Moisés era un individuo que sin ser alto, no parecía bajo de cuerpo; sus facciones no eran burdas, su boca finamente recortada y el color tostado de su cara me agradaron. Un caballero, pero sin cultivo en su educación”. 

A la semana del velorio, las visitas del militar comenzaron a volverse frecuentes. Los padres reprobaron la relación, no sólo por la marcada diferencia de edades y la discrepancia de clase, sino porque para ellos era un hombre vulgar, que le cortaría las alas a su hija. Pero Vidal era obstinado y seductor, hasta que consiguió lo que buscaba: María Teresa estaba enamorada. Ella intentaba amoldarse a su carácter, y él, para corresponderle, se quedaba hasta las tres de la madrugada al pie de la ventana de su novia. También le demostraba su amor escribiéndole deficientes poemas. Eran de calidad mediocre, pero expresaban la pasión que la joven despertaba en el militar. Como era obvio, jamás le dijo que estaba casado y que tenía dos hijos.


El 28 de abril de 1928, el periódico Excélsior abrió una convocatoria para un certamen de belleza cuya ganadora representaría a México en Galveston, Texas (Estados Unidos). Los amigos universitarios de María Teresa querían que concursara, pero ella se negó. La sorpresa vino cuando su fotografía apareció en primera plana: sus compañeros habían mandado la foto a escondidas.

El periódico invitó a las concursantes a una sesión de fotos y entrevista en el balneario "Jardines Esther" María Teresa no sólo aceptó la invitación, sino que posó en traje de baño. "No encontraba aquello inmoral, porque entonces numerosas señoritas y aún señoras hacían a un lado los prejuicios”. A la semana siguiente los amigos volvieron a aparecer, esta vez felices. María Teresa había ganado: era “Miss México”. Su padre, al enterarse y ver las fotos, le dejó de hablar; su madre sufrió en silencio y al general Vidal no había quien lo calmase.

Comenzó así el ajetreo que conllevaba ser reina de belleza: de la mañana a la noche había desayunos, comidas, cenas, fiestas, tés, visitas al modista, entrevistas y sesiones fotográficas. Después de todo, se trataba de la oportunidad de representar a México en Estados Unidos, lo que hasta el general, aún a regañadientes, vio como patriótico.

El 29 de mayo de 1928 partió la comitiva. María Teresa no ganó el concurso, pero luego del evento recibió muchas ofertas de trabajo, como el contrato que le ofreció una compañía de cine por trescientos dólares a la semana. Ella lo rechazó. "Moisés me exigió juramento de que regresaría al país para casarme con él... y yo se lo cumplí".

Para entonces, los celos enloquecían a Vidal. A María Teresa todo el día la abordaban periodistas, fotógrafos y galanes furtivos. Sin embargo, el general aprovechó el vértigo de la situación para adecuarse a las necesidades de la nueva diva; y sin quererlo, María Teresa se hizo dependiente de la compañía y los halagos de Moisés. El 22 de septiembre de 1928, se casaron sin el consentimiento de los padres y a escondidas. En el juzgado se presentaron identificaciones falsas (ella era menor de edad) y testigos comprados; la prisa del general por hacerla suya era tal que ni siquiera dejó terminar al juez. María Teresa, sin familia ni amigos que la acompañaran en tan especial fecha, vestía "una faldita beige, sweater del mismo color. Al firmar estaba yo casada: todo mi albedrío estaba en sus manos". Los padres, impotentes, cedieron y sólo se calmaron cuando el general aceptó casarse por la Iglesia el 1 de octubre. El padre de María Teresa le dijo a un amigo: “Que Dios nos ayude. Se están casando Venus y Marte”.

Después vinieron tiempos de notoria pasión entre ellos. Al poco tiempo, los cónyuges viajaron a Veracruz, donde el general Vidal debía combatir el movimiento de José Gonzalo Escobar. Un hermano del general, que era sacerdote, volvió a bendecir la unión y se congratuló de que Moisés se casara con "la mujer ideal". En julio de 1929 Vidal recibió la orden de regresar a la ciudad de México. Los esposos se alegraron. La pareja instaló el domicilio conyugal en casa de los padres de María Teresa. Hombre celoso, Moisés aseguraba así que cuando él saliera, ella no se quedase sola. Ejercitante de sus prejuicios y sus obsesiones, Vidal le prohibió terminantemente a su mujer que hojeara el periódico. “Una señora decente no tenía por qué enterarse de los crímenes y demás indecencias que llenan las páginas de los diarios”, afirmaba. María Teresa no quería pelear respondiendo que no aceptaba la orden y acató la prohibición de dientes para fuera. Era una mujer curiosa del mundo y leía los periódicos a escondidas.


Pero, sin saberlo, alguien que los había visto juntos en Veracruz fue a avisarle de la situación a la primera esposa del general, quien montó en cólera y decidió tomar acciones contra su infiel cónyuge. La mujer recurrió a un abogado y demandó a su esposo. Demandado, Vidal buscó a su consorte. El viernes 23 de agosto le pidió perdón, le ofreció el pago de una pensión, le suplicó que retirara los cargos y la convenció de que aceptara el divorcio voluntario. Le prometió que al día siguiente iría a ver a sus hijas, a quienes llevaría caramelos y chocolates. La visita prometida no llegó ni el sábado 24. El domingo 25 de agosto de 1929, los padres de María Teresa salieron muy temprano: su madre de compras al mercado de La Merced y su padre a atender la lechería de su propiedad. 

Al levantarse, Moisés Vidal llevó a la sala un libro, una cajetilla de cigarrillos y su pistola Smith & Wesson que tenía cacha de concha. Puso el arma sobre una mesita y se puso a leer los periódicos. María Teresa se levantó media hora después que su esposo. Mientras bebía una taza de chocolate, enfundada en una bata de seda azul, le dijo a su esposo, quien leía distraídamente: "Pasé mala noche". Luego, "sin un asomo de desconfianza, y como por vía de entretenimiento, tomé el ejemplar de La Prensa, diario que todas la mañanas examinaba, aunque rápidamente, para enterarme de lo más sobresaliente". Fue cuando leyó un titular que le espantó la modorra: "Miss México a las puertas de la cárcel". La nota los acusaba de adulterio, pues el general seguía casado con la mujer de Veracruz que además se llamaba como ella: "María Teresa Herrejón de Vidal ha presentado ante el Ministerio Público una acusación en contra de su marido, el general Moisés Vidal Corro, por el delito de bigamia, solicitando la detención del acusado", celebraba la nota.

María Teresa lo enfrentó. El general no respondía nada. En ese momento regresó la madre del mercado y escuchó el pleito conyugal. Ante el silencio, María Teresa ya no pudo más: "Fuera de mí, cegada por una onda roja, y ensordecidos mis oídos, sólo acerté a descubrir sobre la mesilla de centro aquella pistola con la que tantas veces le viera tirar. Como autómata la tomé en mis manos y enérgica le dije: ‘¡No puedo resistir más, yo me mato!’" María Teresa se apuntó a la sien. Asustado, su marido intentó incorporarse del sillón. “¡No te me acerques porque te disparo!”, ­rugió María Teresa. “¡Por favor, mi vida, deja esa pistola!”, le ­imploró Vidal. Trató de detenerla; ella se sintió amenazada y giró la Smith & Wesson calibre .44 hacia él. Celosa, iracunda, furiosa, le disparó al general. Seis balazos penetraron en su cuerpo; cuando las balas de acabaron, María Teresa se dio cuenta de lo que había hecho. Entonces intentó darse un tiro, pero no había balas ya. El cuerpo de Vidal sangraba profusamente. María Teresa se arrodilló ante ese cuerpo que amaba a pesar de todo, abrazó a su amado y lo besó. Su bata se tiñó de rojo. Ahora era el padre de la asesina el que llegaba a la casa. Su esposa lloraba a gritos. Su yerno yacía sangrante. Se horrorizó al percatarse del orificio en el pómulo del general. Su hija, con una prenda azul y roja cubriéndole el hermosísimo cuerpo, arrodillada ante el hombre, gritaba enloquecida: “¡Perdóname, mi amor! ¿Qué he hecho? ¡Auxilio! ¡Te amo! ¡No te mueras! ¡Por Dios, no te mueras!” Todavía intentaron padre e hija llegar a un hospital para salvar al general. Pero ya estaba muerto.

El escándalo no se hizo esperar. No sólo porque se veía mal que una mujer le diera de balazos al marido, sino porque se trataba de un general revolucionario y además lo había matado la mujer más bella del país, la que representó a México en suelo estadounidense. Tras pasar por el Ministerio Público, con un interrogatorio a cargo del abogado Pelayo Talamantes, María Teresa, de tan sólo diecinueve años, fue trasladada a las mazmorras del inmueble que en tiempos del virreinato fuera el convento de Belén, dedicado originalmente a recolectar "arrepentidas del sacerdocio sexual", pero que desde 1863 funcionaba como la Cárcel Pública General.

La cárcel de Belén era un gigantesco caldo de insalubridad donde vivían hacinados homicidas, ladrones, violadores y presos políticos. "No había camas ni catres, se dormía en el suelo o sobre cartones o petates que les procuraban sus familiares; andaban en harapos, semidesnudos, pues la prisión no dotaba de vestimenta. La alimentación era miserable y si los presos no tenían trasto para recibir comida, ésta les era arrojada sobre el sombrero”.

Pese a su arranque de ira, para cuando se cerraron las puertas de la cárcel, a María Teresa lo que menos le importaba era su destino; había asesinado al amor de su vida y seguía sin explicarse por qué. La psicóloga Rebeca Monroy señalaría que el proceso de María Teresa Landa era único en la medida en que su delito partió del honor ofendido, y no necesariamente por maltrato físico, psicológico o condiciones de miseria.

Los periódicos anunciaban: “¡EXTRA! ¡EXTRA! ¡CONOZCA A LA AUTOVIUDA!” Mientras tanto, ella declaraba: "En nada encuentro consuelo. Este malestar habré de pasarlo toda mi vida. En la prisión o con libertad será lo mismo".

A finales de noviembre, María Teresa recibió a su abogado defensor, el licenciado José María Lozano, apodado “El Príncipe de la Palabra" por su elocuente desenvoltura ante el jurado.
El 15 de diciembre de 1929, medio millón de personas siguieron el juicio por la radio. Se colocaron transmisores en la calle de Humboldt y en Avenida Juárez para que los transeúntes lo escucharan. La aglomeración en las calles aledañas a la cárcel era enorme, y entre el dramatismo del evento, los vendedores de comida abundaban.

En esa época, en México los delitos se juzgaban mediante procesos en los que participaban jurados populares; el inculpado tenía la garantía de que sería enjuiciado "breve y públicamente por un jurado imparcial, compuesto de vecinos honrados”.

Este sistema funcionaba así: en el mes de enero de cada año, se publicaba una lista con dos mil nombres de personas aptas para el ejercicio. De ahí se sacaban treinta para cada juicio y tanto el reo como el abogado defensor tenían derecho a rechazar seis nombres por cada parte de los designados al azar, hasta conformar un jurado definitivo de nueve personas y tres suplentes.
Sin embargo, los juicios abiertos al público se fueron convirtiendo en espectáculos de tipo circense, con oratoria leguleya que influía en la decisión del jurado. Con el tiempo, los juicios por jurado fueron descartados. El caso de María Teresa Landa “Miss México” fue el último proceso con un jurado popular en México.

Cuando llegó el momento del juicio a “Miss México”, la sala estaba a reventar. Hacía un calor sofocante entre olores a sudor, perfume y comida que la gente había llevado por si aquello se alargaba. Desde que María Teresa entró vestida de luto, con su hermosura conmovedora aunque desencajada, el jurado se rindió a sus pies.

El juicio duró solamente un día y nadie se movió. El fiscal la llamaba "asesina" y pedía no dejarse deslumbrar por la belleza de “aquella Viuda Negra". Varios testigos aseveraron que María Teresa y el general pasaban horas encerrados en un cuarto de la calle de Chile antes de casarse. Entre los declarantes, una joven llamada Consuelo Flores afirmó que esos encierros le eran remunerados a la joven por su novio.

Consciente de que el jurado estaba fascinado por la acusada, el fiscal Luis Corona pidió, desechando la mínima caballerosidad, que el veredicto no se viera influenciado por la seda de las medias ni por el rimel de las pestañas de la beldad. No había duda: esa asesina, ­como la llamó sin piedad­, era culpable. Además, el acusador ilustró “la indecencia de la acusada, una mujer sin entrañas equiparable a Lucrecia, Cleopatra y Salomé” mostrando tres fotografías: en la primera, María Teresa aparecía recostada en una cama, con el pecho descubierto, fumando sensualmente; en la segunda, un gatito se aproxima a la fumadora, y en la tercera, el felino, hechizado, se recostaba entre los blancos pechos.

En otra foto, aparecía totalmente desnuda, de pie y recargada en un árbol. Todavía más: el representante del Ministerio Público mencionó, exagerando, que la uxoricida “se había exhibido desnuda” en el concurso de belleza, y remató su actuación leyendo una carta en la que una compañera de estudios de la Escuela de Odontología se dirigía a la procesada "con palabras de hombre", celebrando "el gozo de sus besos". Un rumor recorrió la sala.

Lozano, el abogado defensor, llamó a declarar a un testigo clave: el autor teatral Teodocio Montalbán. Este contó que preparaba una obra sobre el caso, para lo cual se había allegado datos interesantes. Al entrevistarla, la testigo Consuelo Flores le reveló que había declarado contra la acusada a petición de los hermanos del general y motivada por los celos, pues María Teresa le arrebató el amor de Moisés Vidal: las citas amorosas de la calle de Chile eran una mentira. Un clamor cimbró la sala. El fiscal pidió que se desestimara la declaración, pues el testigo no sólo era adicto a la cocaína sino, lo peor, familiar de la desvergonzada tiple Celia Montalbán. El acusador arremetió contra la inmoralidad de la asesina y solicitó la condena a la pena capital.

Llegó el turno final de Lozano, el elocuente defensor que en un discurso que duró cinco horas, según mencionó un periódico de la época, "elogió la civilización occidental, en especial la cultura francesa; rememoró crímenes célebres, sobre todo pasionales; se refirió autoelogiosamente a su militancia huertista y a su próxima jubilación, y aterrizó caracterizando a su defendida como la víctima que disparó, en defensa de sus ilusiones, contra quien le infligió deshonor y duelo, movida por una fuerza moral irresistible ante el temor fundado de un mal inminente”.

Al final del día, María Teresa tomó la palabra y con el corazón en la mano dijo: "El jurado sabrá comprender cómo los imperativos de mi destino me llevaron al arrebato de locura en que destruí, con el hombre a quien amaba con delirio, mi felicidad". Esas palabras bastaron. La gente rompió en estrepitoso aplauso y el jurado la absolvió de inmediato. La lectura del fallo fue recibida por una ovación sin fin.

La absuelta fue sacada de la sala en hombros, vitoreada por la multitud. El asesinato cometido se interpretó por la prensa, el público y los jueces no sólo como un merecido castigo contra la bigamia que la había deshonrado, sino como una reprobación pública contra las costumbres inmorales de las elites políticas y militares. Cuando le preguntaron si estaba arrepentida, replicó: “¡Quién sabe! Prefiero cultivar con sublime amor el recuerdo de Moisés ya muerto, que haberle odiado en vida por destrozarme lo más caro en todo ser humano... ¡el corazón!"

María Teresa Landa sobrevivió a su esposo 63 años. Nunca volvió a casarse. Ejerció como profesora de Historia en la Preparatoria Uno hasta su muerte, acaecida el 4 de marzo de 1992 en una casa de la colonia San Rafael, en la Ciudad de México. Uno de sus alumnos fue Octavio Paz, escritor y Premio Nobel. Otros fueron los periodistas Jacobo Zabludovsky y Luis de la Barreda Solórzano.

Este último escribió: “¡Ah, la maestra María Teresa Landa, la incomparable maestra María Teresa Landa! Entonces yo no sabía nada de la historia que casi cuarenta años antes le había tocado protagonizar. Ella era para mí la gran profesora de Historia Universal. 

No la veía más que así, y eso era suficiente para que me tuviera alelado. Era un privilegio ser su alumno. Yo ni siquiera me había preguntado por su estado civil ni acerca de su pasado (…) (Un día) estábamos en su casa. Conversábamos de mujeres destacadas de vidas difíciles y lugares prominentes en la historia. El tema nos apasionaba. Mi bombardeo de preguntas recibía respuestas que eran piezas narrativas o ensayísticas de arte mayor. En un momento le dije que cómo podía saber tanto. Sonrió un instante antes de ponerse seria, dar un trago a su whisky y mirarme a los ojos abismalmente: ‘¿Sabe, De la Barreda? Hay algo en mi vida que ni usted ni sus compañeros de clase se imaginan. ¿Quiere oírlo?’

Tomado de Escrito con sangre

1 comentario:

  1. Excelente Profesora de Prepa #1 San Ildefonso.... que en su Gloria este!!

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