15 mar 2012

Ruth Ellis


Ruth Ellis pidió una botella de brandy y su deseo fue concedido. Saboreó cada trago y al rato se sintió animada. Imaginó que estaba en su night club envuelta por la música y la semipenumbra. Cuando dejó el vaso en la mesita al lado de la cucheta, advirtió que el borde que se había llevado a los labios no estaba manchado con rouge como era habitual, y entonces volvió de golpe a la realidad. Miró las paredes grises de su celda, en la prisión de mujeres de Holloway.


Tenía 28 años, había sido condenada por asesinar a su amante y en 24 horas más sería colgada del cuello hasta morir. Era el 12 de julio de 1955. Albert Pierrepoint entró al anochecer a Holloway para cumplir con su trabajo según los viejos ritos. Estaba impecablemente vestido con un traje gris oscuro y chaleco. Flaco y alto, de pelo corto y blanco, con infinita cortesía pidió a los guardias conocer a "su cliente". Lo llevaron hasta una celda contigua a la de Ruth. Allí estaba la horca y en una de las paredes una puerta de metal con una mirilla que abrieron muy despacio.



Pierrepoint, el verdugo más famoso de Inglaterra, observó detenidamente a la condenada, anotó su peso y su altura y los combinó mentalmente con otros factores esenciales para su tarea: el grosor y la longitud de la soga. Ella no se dio cuenta de que la observaban. La mujer, que se convertiría en la última en ir a la horca en Inglaterra, sollozaba repetidas veces: "No quiero morir... quiero ver a mis hijos..." Albert Pierrepoint cerró la mirilla con sus huesudas manos. Ruth era hija de una refugiada belga y de un músico inglés de apellido Neilson que prefería pasar la mayor parte del tiempo tocando el chelo en cruceros transatlánticos antes que con su familia en tierra firme.



Ya adolescente, Ruth se platinó el cabello y empezó a frecuentar clubes nocturnos. Le gustaban las polleras ajustadas, los tranquilizantes y el brandy. Primero fue camarera; luego modelo, después desnudista en boliches de mala muerte, más tarde alternadora, prostituta de ocasión con hombres de la alta sociedad y, finalmente, encargada de un local nocturno. Tuvo un varón de una de sus parejas juveniles y otro más de su matrimonio con un dentista alcohólico llamado George Ellis, una unión que se disolvió rápidamente. Esta era su vida hasta que en The little club, en el corazón de Londres, conoció a David Blakely, un joven de 25 años que no tenía otra ocupación más que despilfarrar las 7.000 libras esterlinas que había recibido de herencia paterna. Le gustaban las carreras de autos pero su último vehículo había quedado en la línea de partida el día de su debut. La relación con Ruth fue tormentosa. Vivían en un departamento alquilado; él la engañaba y ella le hacía pagar el alquiler a uno de sus clientes ricos. Blakely a veces le pegaba, a veces le proponía matrimonio, a veces se emborrachaba con ella y a veces estaba semanas sin aparecer.



El Viernes Santo de 1955 habían quedado en encontrarse a las 19.30 en un boliche. David iba hacia la cita cuando se encontró a unos amigos, Carole y Anthony Findlater. Como lo vieron deprimido, le propusieron ir a otro local a tomar unos tragos y a olvidarse por un momento de sus problemas con Ruth. El aceptó.

Ruth, en cambio, llegó puntual a la cita y esperó en vano. Pero no sólo esperó ese día sino el siguiente y el siguiente. Se enteró de que David había salido con los Findlater y se convenció que la engañaba con Carole. Y más todavía: creyó que la engañaba con el matrimonio Findlater. Pasadas las 21 del domingo de Pascua de 1955, Ruth Ellis fue al club Magdala, donde estaba David. En su cartera llevaba un revólver calibre 38. Blakely recibió el primer tiro a menos de 8 centímetros de distancia.



Tambaleante, salió a la calle y allí Ruth le disparó cinco veces más. Se quedó parada en ese lugar. "Llamen a la policía", les dijo a los curiosos que se reunieron allí. No intentó defenderse en ningún momento. "Soy culpable", reconoció siempre. Un jurado tardó 14 minutos en dar el veredicto: muerte en la horca. En todo el país hubo un fuerte rechazo a esta decisión porque se consideraba que la muerte era un castigo exagerado para un crimen pasional. Raymond Chandler, el famoso escritor de novelas policiales escribió en el Evening Standard: "Su crimen fue fruto de la provocación. En ningún otro país del mundo se colgaría a esta mu jer". Abogados, parlamentarios, hombres del común y de la cultura participaron de campañas a favor de un indulto. En una de ellas se reunieron 50.000 firmas. Pero el perdón jamás llegó. El 13 de julio de 1955, al toque de diana en la cárcel de Holloway, a las 6.30, nadie despertó a Ruth. Era la tradición dejar dormir al condenado el día de su ejecución.



Poco antes de las 9, la hora señalada, Ruth desayunó con más brandy. Una multitud ya se concentraba en la puerta de la penitenciaría para protestar. Un violinista callejero ejecutó varias veces el Ven cerca de mí, de Bach. Pierrepoint entró a la celda con su ayudante. Ruth, de acuerdo a la tradición, estaba sentada de espaldas a él. El verdugo le ordenó suavemente que se incorporara y le ató las manos a la espalda. Dos guardias la llevaron a la celda contigua, la de la horca. Ruth Ellis, repleta de brandy, caminó despacio. La dejaron sobre la trampa, en un lugar exacto señalado con tiza blanca. Entonces le ataron los tobillos con una correa y Pierrepoint le colocó una capucha blanca. Enseguida acomodó el nudo de la soga de cáñamo debajo de la mandíbula de Ruth, del lado izquierdo. Vio que estaba todo dispuesto y tomó la palanca que accionaba la trampa. El abrumador silencio fue roto por el piso de la trampa al abrirse y por el sonido seco del cuello de Ruth al quebrarse. El médico comprobó la muerte. El cuerpo quedó colgado cerca de una hora más, como también era costumbre, aunque nadie explicó nunca esta última indignidad. Se izó una bandera negra y se oyó el tañir de una campana. Un guardia colocó en la entrada un cartel que decía que la sentencia se había cumplido según las reglas y con humanidad. Los manifestantes se dispersaron en orden y en silencio. Pierrepoint fue con su ayudante a una oficina a cobrar su trabajo.



Al rato, un furgón salía de Holloway. Llevaba el cadáver de Ruth hacia el cementerio. El portón no se había cerrado aun cuando apareció el verdugo. Saludó con la mano a uno de los guardias, se despidió de su ayudante y se fue a su casa, caminando.

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