14 oct. 2012

Constance Kent


En 1860, un crimen levantó en Inglaterra un torbellino de titulares como nunca se había visto y atrapó desde Conan Doyle a Henry James. Kate Summerscale lo reconstruye en «El asesinato de Road Hill».

La muerte del pequeño Saville Kent propició charlatanes, relatos, teorías y hasta un nuevo concepto de detective.El cadáver apareció degollado al fondo de una letrina, de lado, con un brazo y una pierna hacia arriba. El asesino le había cortado el cuello, de izquierda a derecha, cercenándole las venas y los conductos respiratorios, y lo había rematado apuñalándole en el cuerpo, justo entre dos costillas, con un cuchillo. 

Después de una intensa búsqueda en la casa y en los alrededores, William Nutt, un zapatero que vivía cerca, y Thomas Benger, un granjero, lo encontraron en el jardín, en un retrete reservado para la servidumbre. Saville Kent había desaparecido durante la madrugada del 30 de junio de 1860.

La familia, los empleados de la finca y los vecinos de la aldea rastreaban la zona, pero nadie lo había visto. Sólo tenía cuatro años de edad. Kate Summerscale reconstruye el primer asesinato mediático de la historia en «El asesinato de Road Hill» (Lumen). 

Un crimen que conmocionó a la opinión pública y que removió el delicado equilibro de hipocresías y secretos que sostenía los cimientos de la sociedad victoriana. Los periódicos, sedientos de historias morbosas, rellenaron con este asesinato, cometido en el seno de una familia pudiente, docenas de páginas. Se redactaron editoriales, escribieron noticias y forjaron opiniones desde los titulares.

El 15 de julio de ese año, en uno de los andenes de la estación de Paddington, el inspector Jonathan Whicher, de Scotland Yard, poco podía sospechar, con su carácter silencioso, su agudeza intelectual y esa apariencia de hombre socavado, que auspiciaría el estereotipo de los futuros «sherlock holmes», de esos policías que hacen identidad con su barba sin apurar y su aspecto de divorciado. Whicher (piel pálida, ojos azules) arribó al pueblo por orden del Ministerio del Interior. Había que zanjar la polémica. Cuando llegó ya había candidatos para ocupar la vacante del asesino. 

Desde el propio Samuel Kent, padre del niño asesinado, hasta Elizabeth Gough, la niñera, o los vecinos. El diario «Bath Chronicle» publicó: «Entre los habitantes de clase baja del pueblo existe un sentimiento muy fuerte contra el señor Kent y su familia, ninguno de cuyos miembros puede aventurarse a caminar por el pueblo sin que lo insulten». Durante la investigación salió a relucir el pasado de la familia, desde la locura que sufría la primera mujer de Samuel Kent, Mary Ann Kent, con la que tuvo cuatro hijos, hasta el escándalo del segundo matrimonio de Samuel (que se casó con la institutriz, Mary Kent, con la que suspuestamente ya mantenía relaciones y con la que tuvo tres hijos, entre ellos, Saville Kent), además del odio latente de dos hijos de la primera esposa, William y Constance, hacia su madrastra y sus descendientes. 

Las especulaciones y las teorías fueron un reclamo para todo tipo de gentes, desde profesores de frenología, que aseguraban que podían averiguar quién era el culpable con palpar la forma del cráneo, hasta los que afirmaban que la imagen del asesino estaría grabada en la pupila del pequeño asesinado. Whicher no se dejó intimidar ni por unos ni por otros. Puso a un lado las reacciones y no permitió que desorientara su talento deductivo el desastroso trabajo de los policías que irrumpieron en la escena del crimen.

La única pista que poseía era una ventana abierta en medio del salón. Iba desde el techo al suelo y únicamente podía abrirse por dentro. A partir de ahí confirmó sus primeras ideas: no entró ninguna persona por la ventana, el asesino no sacó a su víctima por el salón, sino por la cocina, la ventana se abrió adrede para engañar a la policía, el perro guardían era inofensivo y el criminal no creía que se encontrara el cuerpo. «El asesino -dijo Whicher-, al sentirse frustrado, recurrió al cuchillo». Según la autora, «él estaba convencido de que el asesino era un miembro de la casa y de que todos los sospechosos se encontraban aún en la escena del crimen». Las pesquisas condujeron a una inculpada: Constance, de dieciséis años, pero, después de una vista, quedó libre de cargos. 

El asesinato no se resolvió y su aureola misteriosa planeó sobre la sociedad durante cinco años. El fracaso de la investigación malogró la carrera de Jack Whicher, que terminó retirado, aunque la historia demostraría que él tenía razón. El 25 de abril de 1865, aquella acusada que había eludido a la justicia reconoció ante un juez su crimen. Pretendía expiarlo. Los periódicos que habían humillado al detective no creyeron aquella confesión. «Varios diarios se resistieron a aceptar la validez de sus declaraciones», comenta la autora. O prefirieron la conjetura de una posible locura, como la que poseyó en determinados momentos a su madre. «Whicher tomó la frialdad silenciosa de Constance como un indicio de que había matado a su hermano», comenta Summerscale. «El verdadero objetivo de la profesión de detective era la creación de una trama que explicara el móvil de Constance: había matado a Saville por ?los celos o por el desprecio? que sentía hacia los hijos de su madrastra», explica la escritora. A partir de ahí, «Constance Kent se reflejaba en todas las mujeres de la novela: la asesina de cara dulce y posiblemente loca»; de igual forma, desde ese momento, dice la autora, «de Jack Whicher emerge en la figura del atormentado detective aficionado». Pero lo más impactante son las palabras de Constance: «Cometí el asesinato para vengar a mi madre, cuyo lugar fue usurpado por mi madrastra, quien ha vivido con mi familia desde mi nacimiento».

Y más adelante escribe: «Al principio pensé en matarla a ella (la madrastra), pero eso me parecía poco doloroso. Haría que sintiera mi venganza. Ella le había robado a mi madre el afecto al que tenía derecho, por eso yo le robaría a ella lo que más amaba». Lo que no se probó fue la implicación de William, su hermano. Eso queda para las novelas. 

El caso de Road Hill dio pie a un revuelo informativo. La casa se llenó de periodistas. Incluso alguno se hizo pasar por detective para entrar en la mansión. Los reporteros avanzaban toda clase de rumores y suposiciones sin apenas base. El crimen acaparó durante meses las páginas de los diarios, y muchos jugaron papeles importantes, incluso cuando en 1865 Constance confesó el crimen: era la sospechosa principal de Whicher, pero numerosas cabeceras no apoyaron su versión. 

Ahí estaban el «Daily Telegraph», el «Morning Star», el «London Standard» o el «London Reiview». Sólo «The Times» tomó al pie de la letra a la confesa Constance, mientras que el «Somerset and Wilts Journal», que siempre apoyó a Whicher, recordó el linchamiento que había sufrido el investigador. El caso también fue el germen del que brotaron obras literarias. Charles Dickens dedicó muchas palabras al caso y analizó el comportamiento de los detectives, dando las características para un personaje de novela. Él ya había creado en 1853, en «Casa desolada», al inspector Bucket. Pero, sobre todo, Whicher «fue el modelo del sargento Cuff, el detective de ?La piedra lunar?», de Wilkie Collins, una novela de 1868. La fascinación por esta nueva clase de hombres, capaces, por su intuición y sus dotes deductivas, de atrapar al más sagaz de los ladrones mereció, incluso, la atención de Charlotte Brönte, que lo describió como un «sabueso» que seguía «el rastro» o «la estela» de los criminales. 

De hecho, hasta «The times» se refiere a la «acostumbrada sagacidad» de Whicher. El misterio atrajo la atención y la imaginación de escritores como Arthur Conan Doyle, Wilkie Collins o Henry James -en su novela «Otra vuelta de tuerca» existen paralelismos curiosos, como dos hermanos, una institutriz y una atmósfera inquietante-

1 comentario:

  1. Acabo de ver la película y buscando más información encontré este blog. Realmente fascinante el caso y sin embargo la asesina vivió hasta los 100 años y desde los 42 en estado de libertad.

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